El 23 de enero de 1885 Ana María Rubatto, que desde entonces pasaría a llamarse María Francisca de Jesús, luego de trabajar en el Cotolengo, con Don Bosco y Don Orione, fundó y se convirtió en la madre superiora del Instituto de las Terciarias Capuchinas.
Fue beatificada por Juan Pablo II y luego santificada en 2022 por el Papa Francisco, como la primera del Uruguay, a quien el pontífice consideró “la Santa de la puerta de al lado” para representar su cercanía con el pueblo, con toda la comunidad, especialmente entre los laicos de fe, igual que a la primera Santa argentina, Mama Antula.
Mujer audaz y humilde a un mismo tiempo, Santa Francisca Rubatto, a pesar de haber quedado huérfana a los 4 años de su padre, y de su madre, a los 19, supo honrar una vida de fe con justicia, templanza, fortaleza y prudencia, la misma que la llevó a “cruzar el charco” ¡en 1892!, junto a jóvenes capuchinas que se enredaron con las raíces de nuestra propia historia.
Su primera escala fue en el Uruguay y luego vino a la Argentina, en un incansable apostolado en el que trabajó junto a laicos tanto en el ámbito de la salud como de la educación, dos pilares que hacen a la dignidad del ser humano.
Siete veces cruzó el océano Atlántico en esa misión, y junto a muchos religiosos y laicos, promovió y desarrolló obras que dejaron huella y legado en Italia, Uruguay, Argentina, Brasil, Perú, Eritrea, Etiopia, Kenia, Malawi y Camerún.
Aquí, en el Rosario, las Madre Superiora y sus hijas, dieron de sí toda la caridad cristiana desde la fundación del hospital Italiano, haciendo de hermanas, pero también de madres, de consejeras, enfermeras, asistentes físicas y espirituales de todos los dolientes, las mismas mujeres que fueron formadas y conformadas en un rincón de Italia, un día como hoy, en la bellísima localidad de Trento.
Porque en definitiva, las cosas ordinarias que ella hizo de manera extraordinaria, fue la de rescatar la dignidad que Dios ha dado a cada ser humano, promoviendo la educación y el cuidado integral de la salud, enseñando a las mujeres a trabajar para lograr su sustento y a los niños y jóvenes a leer y a escribir para que el conocimiento los hiciera libres y que no sean manipulados por la ignorancia.
Hacer desde lo pequeño, siempre con amor y con alegría, formar honrados ciudadanos y buenos cristianos como propuesta alternativa a la sociedad civil para que den testimonio y signos elocuentes, en definitiva, de aquel mandamiento que invita “a amarse los unos a los otros”.
Convencía y arrastraba con su carisma y permanecía firme en una verdad universal que alimentó su espíritu: “El amor aleja todo el temor”.
El Hospital Italiano, con un edificio declarado patrimonio histórico y arquitectónico, tiene placas que recuerdan que el 23 de enero de 1893 fue habilitado al público y fueron incorporadas las Hermanas Terciarias Capuchinas fundadas por Santa Francisca Rubatto, 141 años atrás, el 23 de enero de 1885, exactamente el día que aquí, en el Rosario se celebraba la primera asamblea para conformar el centenario Ospedale.
Sin dudas, una manifestación más de la Divina Providencia.
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También en nuestra ciudad, tanto el Colegio San Francisco de Asís, en Alberdi, como Nuestra Señora de los Ángeles, en Tucumán al 1600, le deben su existencia a esta primera santa uruguaya.
Igual que nuestro Papa argentino, Jorge Bergoglio, Ana María Rubatto, oriunda de Loano, ciudad de la Liguria, tomó el nombre de Francisca, siguiendo las enseñanzas de San Francisco de Asís y dejando testimonio de caridad evangélica al servir a enfermos, a los más pobres y, sobre todo, sembrando educación y conciencia en las almas de los niños, fundando escuelas, convirtiéndose en una mujer de ayer, de hoy y de siempre, e inspirando especialmente a los laicos a seguir su carisma.
Recordarlo, es honrar nuestra propia historia.

