Generalmente nos gusta recordar las fechas de nacimiento y no los obituarios. Pero para darle razón a la máxima que sostiene que «la excepción justifica la regla», al cumplirse el aniversario N° 78 de su deceso, nos ocupamos de un casi santo que recorrió nuestras calles: Carlos Conci.
Un revelador artículo, escrito en su blog, por el profesor licenciado Luis Ángel Maggi, señala su activísima participación durante los 40 años que pasó Conci en el Colegio Salesiano de Buenos Aires, donde tuvo como alumnos a dos seres que alcanzaron, cada uno a su manera, el reconocimiento eterno.
Uno «que cada día canta mejor», el «Zorzal Criollo», Carlitos Gardel, y otro, al que su infinita bondad lo terminó convirtiendo en el «Indiecito Santo», el «Santito de las Tolderías» o el «Príncipe de las Pampas», Ceferino Namuncurá.
Esta foto, publicada en 1995, en el libro «La Verdad Oculta», de Gerardo Bra, tomada del archivo del colegio Pío IX, no nos deja mentir. Pero volvamos a nuestro homenajeado, ilustre e ilustrado personaje de la ciudad que habitamos y nos habita, entre 1837 y 1847.
Nacido en Malé, Trento, Italia, este coadjutor pisciano nacido un 18 de marzo, fue maestro, escritor, tipógrafo y un activísimo líder social que agitó las banderas de la justicia social desde la evangelización y la palabra escrita, tanto entre los alumnos y ex alumnos de Don Bosco, como de la comunidad porteña primero, y rosarina después, sólo motivado por el amor y la misericordia hacia sus semejantes.
Máximo Marcelo Torcuato de Alvear y Pacheco, el díscolo estudiante porteño que cursó parte de su secundaria en el Colegio Nacional Nº 1 de Rosario, sí, el de 9 de Julio 80, donde conoció al rosarino Elpidio González, uno de nuestros más honestos políticos argentinos y con quien integró la única fórmula presidencial del país integrada por dos compañeros estudiantes, había nombrado a Conci ¡100 años atrás! “Delegado Obrero de la Argentina” a la Conferencia Internacional del Trabajo que se realizó en Ginebra.
Cuando en 1937 fue destinado al Colegio San José, de Rosario, demostró, una vez más, su condición de militante a ultranza del catolicismo social. No había conferencia, panel, ni plaza que no funcionara como ágora para sus palabras: “desde este lugar multiplicaremos la divulgación de los principios sociales cristianos y peticionaremos a las autoridades la adopción de diversas medidas que favorezcan a los sectores obreros. Tengo la misión de difundir la Doctrina Social de la Iglesia Católica”.
Sin dudas que la Virgen María siempre fue su Auxiliadora en la misión.
Los obreros, los eternamente postergados, el pueblo, eran su predilección. La carestía de la vida, el costo de los alquileres, el precio del pan, la falta de trabajo, fue siempre la preocupación y ocupación de los temas más álgidos entre los jóvenes que él conducía en el Ateneo Social y Popular Don Bosco de Estudios Sociales, siempre sobre la base de la actualísima Encíclica Rerum Novarum, de León XIII, escrita en 1891, y que hoy el Papa León XIV eligió como bandera. ¡Más vigencia de esta visionaria historia, imposible!
Los sucesos acaecidos en 1912 por los colonos que protagonizaron “El Grito de Alcorta” tampoco estaban ausentes en su lucha cotidiana a favor de la verdad y la justicia. El asesinato de Francisco Netri, el abogado mártir, influenciado sin dudas por sus hermanos sacerdotes, Pascual y José, activos militantes sociales con sotana, encendía sus ansias de reivindicación de los sectores vulnerables y vulnerizados.
Temas con fundamento bíblico: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” y con fundamento social: “El trabajo dignifica a la persona, la hace sentir útil”, formaban parte de los programas desarrollados en los que no estaba ausente la Constitución Nacional con sus derechos y obligaciones, ni tampoco los del trabajador y del empleador.
¡Qué presente siempre la acción de Don Bosco a través de la Educación, con su Escuela de Artes y Oficios para solucionar problemas económicos y sociales!, “anclado en los principios cristianos, inculcando ideales y valores morales, rescatando la dignidad de los niños y los jóvenes, los pobres y los abandonados, apartándolos de la pobreza, de la opresión, mediante la instrucción y el trabajo”, como repetía una y otra vez Carlos Conci.
En la publicación de Memorias, 1937, de los ex alumnos del colegio salesiano, Conci afirmó: “Nosotros queremos que todos aprendan la Cultura del trabajo. Nosotros trabajamos con ustedes de sol a sol, de mañana, de tarde y de noche, como lo ven en este Ateneo. El trabajo y el hombre no son una mercancía que se compra, se vende y se descarta”, como expresa la Encíclica Rerum Novarum, de León XIII. “Estas ideas sobre el trabajo humano las queremos vivas, cumplidas, concretas, no declamadas en discursos y por sobre todas las cosas, sin violencia”.
Un año antes de morir, en 1946, en el teatro El Círculo, durante la ceremonia de toma de posesión como dignidad Cardenalicia de monseñor Antonio Caggiano, recibió la condecoración otorgada por el Papa Pío XII, Eugenio Pacelli, uno de los asistentes, en Buenos Aires, al primer Congreso Eucarístico Internacional celebrado en América Latina. Se trataba de la “Cruz Pro Ecclesia et Pontifice”.
Conci supo conciliar los principios de la misión cristiana que favorece el desarrollo del ser humano a través del estudio, el trabajo, el deporte, con las buenas noticias del Evangelio.
Carlos Conci fue también uno de los más activos promotores de la creación del Círculo Católico de Obreros de Rosario, ubicado en Entre Ríos 1260, imagen con la que graficamos la portada de este capítulo de Rosario Sin Secretos.
A manera de mnemotecnia y para no olvidar ya su apellido, recordamos que el concilio es una reunión o asamblea de autoridades religiosas efectuada en la Iglesia católica, en la Iglesia ortodoxa y en algunas iglesias protestantes evangélicas, para deliberar o decidir sobre las materias doctrinales y de disciplina. Y haciendo honor al pedido del Papa argentino Francisco, “hacemos lío” con nuestra historia vernácula y grabamos para siempre en la memoria este “Conci-lio”. (¡Gracias, Carolina, por el aporte!).
Carlos Conci, un maestro de imprenta del Colegio San José, que hizo su camino de santidad también en las tierras de esta original Capilla de Nuestra Señora del Rosario del Pago de los Arroyos de la Santa Fe de la Vera Cruz, reciba hoy nuestro homenaje.

