Carmelo Simeone fue el Cholo original, el auténtico. Surgido de la cantera de Vélez Sarsfield, como el famoso Diego Pablo, se transformó en un baluarte defensivo del Boca Juniors de la década del 60. Lateral férreo para la marca, sin miramientos con el wing rival, fue campeón sudamericano con el seleccionado argentino en 1959 e integró el plantel en la Copa del Mundo de 1966. Vecino de toda la vida de Ciudadela, en el límite de Provincia y Capital Federal, de su fallecimiento se cumplen 12 años este 11 de octubre.
Carmelo Simeone, de Liniers a La Boca
La llegada de Carmelo Simeone a Boca se produjo en 1962. Arribó de Vélez casi a modo de relleno en una operación que incluyó como refuerzo estelar a Eugenio Pedro Callá, un zurdo que podía volantear o ir por la punta. Callá tuvo algunas actuaciones relevantes, pero el Cholo terminó por ser la incorporación más rendidora y se apropió de un puesto que a priori le pertenecía al internacional Víctor Benítez, el Conejo, considerado uno de los mejores futbolistas peruanos de la historia.

En un partido de 1964 contra Estudiantes, de local, el Xeneize jugaba con uno menos desde el primer tiempo por la lesión del zaguero Rubén Magdalena, en época sin cambios permitidos. Aun en desventaja buscaba romper el cero. Los platenses tuvieron una contra para ganarlo sobre el final. Lo evitó un providencial cruce de Simeone. Despejó con tal fuerza el Cholo que la pelota acabó en la vereda de Del Valle Iberlucea, tras volar por encima de los palcos. Boca empató ese día y se consagró campeón un mes y medio después.
“Un rugido, un loco rugido inmenso, siguió el rumbo del balón y bajó luego hasta el campo para celebrar ese patadón heroico que le dio a Carmelo Simeone un récord exclusivo”, describió la jugada el periodista Roberto Gasparini, testigo presencial de la jornada del domingo 4 de octubre.
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En ese mismo torneo el Cholo fue protagonista de otro episodio para el anecdotario. Boca igualaba 1-1 con Newell’s en el Parque de la Independencia y los rosarinos se venían en busca del triunfo. Faltaban apenas dos minutos cuando, en la misma acción, el vehemente número 4 derribó de manera consecutiva a tres adversarios.

“Ya sé, Aurelio, me voy solo”, le dijo al árbitro Bossolino, relevándolo de la tarea de indicarle la salida. Aunque recio en los mano a mano, nunca se lo acusó de mal intencionado y aquella fue una de sus únicas cuatro expulsiones en 182 encuentros oficiales con el Xeneize. Fallecido en 2014, en sus últimos años Carmelo Simeone trabajaba en el mantenimiento del césped del predio de Casa Amarilla de Boca, donde había ganado tres títulos en la década del 60.
El Cholo Simeone y una defensa de memoria
Los hinchas de entonces recitaban la línea de fondo casi como un poema medieval: Simeone, (José María) Silvero, Orlando (Pecanha de Carvalho, el brasileño) y (Silvio) Marzolini. Se alinearon 41 veces juntos y Boca solo perdió en cinco oportunidades. Con Marzolini, uno en cada banda, se complementaban: rudeza y elegancia, músculo y técnica. El ya citado Gasparini lo resumió así: “Carmelo era una pared, Silvio era el arquitecto”.
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Simeone convirtió un par de goles durante su larga carrera, ambos con la camiseta azul y oro. El primero fue en la Copa Libertadores de 1965, para completar sobre la hora un 4-0 como local a Deportivo Quito. El segundo fue en el torneo de 1966, con un remate desde fuera del área que sorprendió a José Burtovoy, arquero de Colón, y abrió el camino para la victoria por 2-0 en Santa Fe.
Los eufóricos saludos de sus compañeros en el festejo de ese tanto revelan que el Cholo era un personaje muy querido, no solo por su esfuerzo dentro de la cancha sino por la calidez que mostraba afuera.

