El movimiento del incipiente puerto y los flamantes ferrocarriles trajeron un meteórico progreso al Rosario, pero también, como contracara, enfermedades de toda índole: cólera, tifus, fiebre amarilla, y peste negra, conocida también como bubónica.
Sin embargo, quienes dirigían los destinos de la ciudad, en comunión y común unión con lo más granado de la sociedad de entonces y el apoyo hasta de los más humildes entre los 192.278 habitantes que éramos por entonces, supieron dejar una huella indeleble que debería acrecentarse en su valoración con el transcurso del tiempo. ¡Hacia allá vamos!
El aluvión inmigratorio hacinaba en conventillos a miles de personas que llegaban atraídas a la Chicago argentina por la gran publicidad de una tierra generosa y promisoria “…al alcance de todas las fortunas. Basta que una persona sea trabajadora y económica para que, en un corto plazo, pueda ser propietaria”. ¡Cómo han cambiado los tiempos!
Sin dudas que las grandes conmemoraciones se celebran con grandes legados. Y así lo demostró Isidro Quiroga al convocar a toda la ciudadanía aquel año del Centenario.
Quiso la Providencia que el presidente de la comisión formada para idear trascendentes proyectos a futuro, Casablanca, tuviera como nombre de pila, el mismo que quien, cien años atrás de ese acontecimiento, presidiera el Primer Gobierno Patrio: Cornelio Saavedra. Viene bien para aplicar mnemotecnia.
La investigación histórica nos sorprende una y otra vez, casual o causalmente: Cornelio Saavedra nació en Otuyo, el Potosí (hoy Bolivia) un día como hoy de 1759 -sólo cuando apenas teníamos casi tres décadas como Capilla del Santísimo Rosario del Curato del Pago de los Arroyos de la provincia de Santa Fe de la Vera Cruz, a quien la última Constitución provincial, borró su memoria de fe histórica de casi 500 años.
Pero Cornelio Casablanca no estaba solo. Lo acompañaban Ciro Echesortu, Casiano Casas, José Castagnino, Martín de Sarratea (¿sería algo de quien fue gobernador de Buenos Aires?), Emilio D. Ortiz, Luis Colombo, José García González, Juan D. Quintana, Fernando E. Pesán, Ovidio Rodríguez, Eduardo I. Rosenberg, Angel Muzzio, Lisandro de la Torre, Santiago Pinasco, Guillermo Sugasti, Leopoldo Uranga, y Enrique Astengo.
Otra sorpresa que premia nuestra curiosidad. El día anterior al que se reunieron para crear el Círculo Médico de Rosario que hoy cumple 116 años, Enrique Astengo había celebrado el cumpleaños Nº 15 de su hijo, Héctor Ignacio, quien legó a la ciudad ese espléndido teatro Odeón, el Auditorio Fundación, de calle Mitre (alguna vez, Progreso), al 700, que hoy preside Florencia Balestra.
De ese grupo de rosarinos reunidos en 1910 surgió la idea, propiciada por Quiroga, de festejar la magna efemérides de la Revolución construyendo un hospital, con la inestimable ayuda de la suscripción popular, para atender las necesidades en salud, y así nació la Facultad de Medicina, Farmacia y Ramos Menores, con su Hospital Escuela del Centenario. Creatividad mata billetera.
Y por otro lado, surgió la iniciativa de crear un lugar en el cual concentrar los libros que encierran entre sus páginas el conocimiento, dando origen así a la fundación de la Biblioteca Argentina, y para lo cual, la Municipalidad -consustanciada genuinamente en ese entonces con la premisa de “educar al soberano”- destinó el solar ocupado hasta entonces por un establo de caballeriza que tenía bajo su administración.
Al conocimiento, por entonces, había que buscarlo, no llegaba “procesado e ipso facto” con lo que ello significa para su adquisición. Bien dicen que “lo que cuesta, vale” y lo que llega fácil, se va más fácil. Órgano o músculo que no se usa se atrofia, aseguran los médicos, por lo que ejercitar el cerebro es tan o más importante que hacerlo con el cuerpo.
Justamente este miércoles 16, a las 18, en la extensión de lo que era la caballeriza, el edificio que da por la antigua y extrañada calle Independencia, hoy Roca, la psicoanalista, docente y escritora porteña Dévora Levit presentará un libro con el auspicio de la Municipalidad de Rosario. Sobre la obra, ella misma ha dicho: Escribir “La mitad de la mitad” fue habitar una arquitectura de sombras donde la invención rescata lo que la realidad olvida. En estas páginas sobre el duelo y la filiación, comprendí que la memoria no es un archivo estático, sino un síntoma: un organismo que oculta capítulos enteros para protegernos o aguarda el instante preciso para emerger”.
La memoria, el eterno tema de nuestros capítulos en esta Rosario Sin Secretos que habitualmente le obsequiamos.
Y hablando de ello, y con las fuentes en la mano, recordamos que según el censo de 1910, éramos apenas 192.278 habitantes y contábamos con sólo 180 médicos. Este documento censal, el tercero levantado, arrojaba una preocupante tasa de mortalidad del 26,6% y otra de natalidad del 38,8%.
Justamente el doctor Juan Álvarez, ideólogo de la biblioteca que hoy lleva su nombre y que fuera germen de la creación de la Universidad Nacional de Rosario, había sido designado secretario en la intendencia de Quiroga. Álvarez es quien en su libro nos cuenta acerca de uno de los barrios cercanos a los vertederos de basura:
“Una investigación especial permite deducir que gran parte de su población vive hacinada en viviendas desprovistas de toda higiene. El promedio, equivale para todo el barrio a más de tres habitantes por pieza, y es frecuente encontrar ranchos y casillas donde viven hasta 10 y más personas en un solo cuarto. Sobre las 643 casas que componen ese barrio (225 ranchos, 144 casillas de madera y 66 de lata, más 208 casas de ladrillos), apenas 105 tienen aguas corrientes y sólo una, cloacas. Las restantes utilizan pozos de la primera napa contaminada con filtraciones de los sumideros y los depósitos de basura”.
Cualquier parecido con algún barrio periférico de la actualidad, es pura coincidencia…
Ahora bien, esos censos también contaban la historia no sólo de la salubridad del Rosario sino de las personas que alguna vez la habitaron. Allí encontramos a Fructuoso Bentos, de 103 años, sin hijos, que vivía en un rancho de barro y latas, sobre el callejón de la bajada Ayolas, y Justa Ayala de Palacios, de 102, que vivía en Alvear 1758 -casa desaparecida y fagocitada por el Parque de la Independencia- y supo ser cocinera y lavandera de, entre otras, la familia del doctor Marcelino Freyre, el cirujano principal del Ejército y jefe del Hospital Militar que llegó al Rosario, en 1847.
Otro dato que arroja el censo de 1910 es el de Dolores Valderrama, la vecina de Tucumán e Iriondo, que a sus 101 contaba que había perdido un hijo varón en la revolución de 1893 y a su esposo, en 1870, mientras éste trabajaba en una estancia del mismísimo Lisandro de la Torre.
No resultan entonces tan increíbles los datos suministrados por el aragonés don Pedro Tuella y Montpesar -padre adoptivo de Catalina Echevarría de Vidal quien cosió la primera Bandera argentina que flaméo, fue bendecida y jurada en nuestras barrancas, aquel 27 de Febrero de 1812-, en su “Relación Histórica” escrita en 1801, cuando hablaba de la avanzada edad de muchos vecinos de la aldea y que, sin embargo, historiadores dudaron de su veracidad.
Ya con ferrocarril y activísimo puerto, y casi la mitad de la población extranjera, circunstancia que multiplicaba por cientos los conventillos, Rosario perfilaba un destino de grandeza económica que no se condecía con su realidad sanitaria.
Sin embargo, el 14 de septiembre de 1910, médicos verdaderamente comprometidos con el Juramento Hipocrático y con el claro objetivo de contribuir a la educación continua y al perfeccionamiento profesional, fundaron el prestigioso Círculo Médico, acompañando el proceso -que hoy cumple 116 años- con un imprescindible órgano de difusión: la Revista Médica de Rosario, a la que con el tiempo sumaron una importante Biblioteca especializada.
Apellidos que le dieron verdadero lustre a nuestra medicina que refleja la pintura que se encuentra en una de las salas de dirección de la Facultad de Ciencias Médicas: Babbini, Fracassi, Staffieri, Muniagurria, Borrás, Carrasco, Cames, Álvarez y Zeno.
En la portada de este capítulo de Rosario Sin Secretos, una antiquísima foto que nos muestra al mismísimo doctor Bartolomé Vasallo, un entrerriano pionero de técnicas quirúrgicas a nivel mundial que se radicó en Rosario en 1898.
Aquí fue nombrado jefe en el recién inaugurado Hospital Rosario y también en el Hospital Italiano Garibaldi.
Sí, el mismo que recorrió con sus pasos la primera santa uruguaya de origen italiano, Ana María Rubatto, Madre Francisca, fundadora, entre otras obras, del Colegio Nuestra Señora de los Ángeles y el San Francisco, en Alberdi.
Te puede interesar:
Rosario Sin Secretos: los pasos de una Santa por los pasillos del Italiano…
La residencia del Dr. Vasallo, proyectada por el ingeniero Alejo Infante, en 1911 y construida en 1923 por la empresa constructora de Santiago Taiana, fue donada en testamento junto a todas sus valiosas pertenencias a la ciudad de Rosario para ser utilizada como Museo, pero las circunstancias torcieron su destino y terminó convertida en la sede del Concejo.
Muchas charlas sobre la realidad sanitaria de la época en las inefables tertulias en el Club Fénix marcaron el camino hacia la realización de ese sueño del que ya habían manifestado su adhesión los doctores José Eduardo Sempé, Lisandro de la Torre y Enrique Corbellini, figura esta última de fundamental relevancia en los hospitales Rosario (hoy, Hospital de Emergencias Clemente Álvarez, ya trasladado de su lugar original y del que sólo quedaron las palmeras) y el de Caridad (hoy Provincial, de Alem y 9 de Julio).
¡Cuánto se añoran aquellos gloriosos tiempos en los que se competía, desde las más altas élites sociales, en solidaridad y agradecimiento hacia la ciudad que había hecho grandes y poderosos a tantos hijos de ella!
Desde el Club Social, que aún sobrevive con centenaria y apasionante historia presidido por el doctor Juan Alberto Barberis, el doctor Alfredo Rueda, había iniciada una campaña de donativos. ¡Cuántas magníficas obras se realizaron en Rosario por suscripción popular!
En tanto, el Club Fénix (foto anterior), ubicado en el solar en el que hoy se levanta el majestuoso Club Español presidido por Gastón Torres, Rioja 1052, que ya se había fusionado en 1905 con el Jockey Club, reunía a encumbrados profesionales, a partir de 1869 cuando se inauguró en la propiedad de la familia Amelong, con la presidencia de Zenón Pereyra.
El mismo que tras haber sido concejal en 1878, propició en 1893 la creación del Comité Rosario de la Cruz Roja Argentina, y fue quien fundó el pueblo que lleva su nombre, con 33 calles trazadas en un ángulo de 33 grados, igual que el nivel más alto de la logia masónica a la que pertenecía.
En esa localidad, ubicada a 231 kilómetros de Rosario, es posible hallar en el frente de sus casas, desde “el ojo que todo lo ve” hasta la regla, la escuadra y el compás, como también pórticos con 3 escalones que simbolizan los principios de libertad, igualdad y fraternidad y los leones que custodian los secretos, más el sol con 3 rayos que iluminan y protegen a los moradores del lugar. Es fácil encontrar allí también, columnas del templo de Salomón, medallas masónicas, escudos protectores, las columnas del Templo de Salomón y hasta dos copones, símbolo de lo dulce y lo amargo de la vida.
Pero volvamos a nuestro amado Rosario…
Escribió el arquitecto Ricardo Miranda en la página Arquitectura de Calle acerca del Club Fénix: “Era un club fundamentalmente lírico: en sus dos salones de baile eran frecuentes las veladas literarias y musicales”.
Quiso la Providencia que en ese mismo solar celebrara, el 10 de septiembre pasado, sus primeros 90 años, la prestigiosa Asociación Literaria Nosotras, presidida por Betty Morero.
Por otra parte, y volviendo al tema del título de esta nota, la señorial casona que se erige en Santa Fe e Italia, proyectada y desarrollada por Ángel Guido y Víctor Avalle, fue adquirida en 1920 a Emma Ferra Carrera, viuda del doctor Mario Vignoles, tras haber mantenido sedes sucesivamente, en Corrientes 829, el mismo salón de lectura de la Biblioteca Argentina, Córdoba al 1000 y Rioja 1762.
Hoy, además de ser la sede del Círculo Médico, alberga la Fundación de Ciencias Médicas de Rosario, la Academia de las Ciencias Médicas de Santa Fe y 33 sociedades de especialidades médicas que alumbran el camino para el desarrollo y difusión de esta ciencia humanitaria. ¡Enhorabuena y feliz aniversario!
Pero, ¿quién fue Isidro Quiroga?
Un sanjuanino muy amigo del doctor Guillermo Rawson, que se radicó en Rosario en 1886. Después de recibirse de médico en la Universidad de Buenos Aires y tras haber sido nombrado médico cirujano en la Armada Argentina, a bordo de los barcos de guerra Los Andes, Almirante Brown y Cabo de Hornos, se instaló en Rosario con su consultorio en la calle Entre Ríos casi esquina San Luis, frente a la, alguna vez Laguna Sánchez, transformada con el tiempo en las plazas Urquiza e Iriondo y que después de haber sido designada Sarmiento, recobrara su nombre original de Santa Rosa.
Justamente el lugar en el que hay una gran estatua en honor a un coterráneo de Quiroga, Domingo Faustino Sarmiento, también erigida durante su gestión, a inspiración de la profesora Arcelia Delgado de Arias, directora en 1904 del Colegio Normal Nº 1 “Nicolás Avellaneda” y como presidente de la comisión promotora del homenaje al educador, Nicolás Amuchástegui, prestigioso abogado, docente del Normal, del Superior de Comercio y de la Universidad Libre, que estuvo a cargo de la Comisión de Bellas Artes y fue el alma mater del Primer Salón de Otoño y promotor incansable del Museo de Bellas Artes.
En noviembre de 1896, un anuncio en la sección “Domicilios de Profesionistas” publicado en El Orden, periódico Político, Comercial, Literario y Noticioso, dirigido por Pablo Della Costa, cuya redacción funcionaba en calle Aduana (hoy Maipú) 329/343, “de 2 de la tarde á 2 de la mañana” (sic), figura su consultorio en Rioja, la primer calle de la ciudad que contó con iluminación eléctrica, a la altura del 900.
La Higiene Pública, la Botánica y la Historia Natural fueron las especialidades con las que dio conferencias durante muchos años en el Colegio Nacional, donde llegó a ser rector durante más de una década. Su especialización en Higiene le permitió acceder a la dirección de la Administración Sanitaria y a la jefatura de la Asistencia Pública, cargo que desempeñó durante casi un cuarto de siglo.
A él se le deben grandes adelantos y mejoras en la sanidad e incluso se le reconoce haber introducido los primeros servicios de Rayos X.
Ni el cólera, ni la peste bubónica ni la lepra disminuyeron la acendrada vocación de servicio de Quiroga y presidió la primera comisión de la Liga Argentina contra la Tuberculosis, en Rosario, estando a cargo luego del Consejo de Higiene de la provincia.
Cuando Santiago Pinasco renunció a la intendencia, el gobernador Pedro Echagüe lo designó intendente y durante su gestión, entre muchas otras obras, se colocó la piedra fundamental del Palacio de Policía donde hoy podemos encontrar la espectacular obra que eterniza una cuadriga del escultor italiano Guillermo Gianninazzi.
Te puede interesar:
Rosario sin secretos: una piedra fundamental en 1909 y una cuadriga contra el delito
A él le debemos también las ampliaciones del parque de la Independencia y del cementerio El Salvador, donde reposan sus restos (Nicho Clase 2/ Serie P/ Nro. 476 Sector antiguo PB, ¡gracias arquitecto Fernando Fagoada por la solícita respuesta!) y la aprobación de obras majestuosas y monumentales de los geniales escultores Fontana y Scarabelli, dignas de un Museo a Cielo Abierto que en cualquier lugar del mundo llenaría catálogos de interés turístico.
Fue Quiroga el primer intendente de la ciudad que contrató a un arquitecto de afamada trayectoria internacional, el francés Joseph Antoine Bouvard, a fin de encargarle un plan regulador del Rosario para embellecer nuestra ciudad que, definitivamente, no se hizo sola, aunque así lo aseguraron algunos spots publicitarios del Tricentenario.

