Resulta difícil imaginar que alguna vez en la plaza Sarmiento (ex plazas Iriondo y Urquiza) existió la laguna de Sánchez, donde iban a parar todos los desperdicios y caballos muertos que había en la zona. Pero no sólo animales muertos. Alguna vez llegó hasta el espacio acuoso, un jaguar, arriba de unos camalotes y proveniente del Paraná, que los vecinos ultimaron a tiros.
Claro, al principio los pobladores de la incipiente Rosario, iban allí sólo a cazar patos y ranas, aun cuando algunos más creativos, durante los carnavales de 1879, colocaron un cartel con la irrisoria frase: “Grandes Regatas en la Laguna”.
Más difícil aún es pensar que cuando el agua estancada empezó a pudrirse y a tornarse nauseabunda, a instancias de Nicasio Oroño comenzó a drenarse hacia el río por calle Paraguay, de donde se socavó tierra para su relleno. Eso explica la excesiva altura de algunos cordones en determinados tramos, realizándose incluso un túnel debajo de la Estación del Ferrocarril Central Argentino, allí mismo donde reposaban los restos de muchos pobladores rosarinos y extranjeros, en el antiguo cementerio.
El espíritu del primer vocero de la aldea, el aragonés Pedro Tuella y Montpesar, cuyos huesos allí reposaban -si es que no fue algunos de los cuerpos rescatados para darle nueva sepultura cuando ese cementerio le quedó chico a la ciudad, circunstancia repetida ya que antes había ocurrido lo mismo con el primer camposanto levantado alrededor de la capilla de adobe y paja ubicada donde hoy se levanta, majestuosa, la Catedral-, seguramente habrá protestado airadamente. ¡No era para menos! Él había sido quien adoptó junto a su esposa Ana Nicolasa Costey y Quinteros, cuando quedó huérfana a los dos años, a Catalina Echevarría de Vidal, la dama que cosió la Bandera argentina que creó, e hizo bendecir y jurar Belgrano, en nuestras altas barrancas de las ceibas, aquel 27 de Febrero de 1812. Sin dudas que merecía mejor trato.
Ya en su plano de 1858, el ingeniero Nicolás Grondona, autor del primer Monumento a la Bandera erigido en la isla que se llevó la corriente cuando la gran inundación, la laguna en cuestión estaba muy bien representada. Hay que reconocer el gran entusiasmo de Grondona que en su gráfico dibujó muchas más manzanas que las existentes en ese momento, en una clara manifestación de profunda fe en el desarrollo de la recientemente declarada “Ciudad”.
Necesitaríamos muchos capítulos de Rosario Sin Secretos para hablar de la calle Corrientes (se extiende desde el 100 hasta el 6100, y corre de Sur a Norte, y aunque el sentido de la mano en materia de circulación automovilística es único, por una ordenanza municipal se le ha dado el nombre de Avenida, por su real importancia urbana.
Mucho podemos narrar si desandamos el recorrido en toda su extensión, especialmente si nos paramos en su intersección con Córdoba peatonal, donde encontramos los edificios rosarinos con las cúpulas más lindas: La Agrícola, construido en 1907, por el arquitecto Federico Luis Collivadino; La Inmobiliaria, de Juan Antonio y Juan Carlos Buschiazzo; el ex Palace Hotel y la Bolsa de Comercio proyectada por Raúl Rivera.
Rosario Turismo nos la muestra en toda su potencialidad y belleza con la siguiente imagen.
No obstante, esta vez sólo nos detendremos en Corrientes al 400, la calle rosarina en la que más Banderas argentinas se ven flamear, haciéndonos sentir su verdadera Cuna, tal como podemos apreciar en la foto de portada.
No hablaremos del increíble y majestuoso Teatro Colón -sí, también tuvimos nuestro Colón- trágicamente demolido para darle paso al “progreso”, en Corrientes cerca de su intersección con Urquiza, sino que, ya que arrancamos la nota escribiendo sobre le la Laguna de Sánchez, de ranas y sapos vendrá esta historia.
¡Arriba el telón!
Fue cerca de “los idus de marzo”, allá por 1967, cuando en Corrientes al 400 quedó inaugurada la Sala de Teatro de la Asociación Empleados de Comercio con la representación de la obra “Hay sapos que no son feos”, de la mano, el cerebro y el cuerpo de inolvidables grandes de la escena como fueron Chiry Rodríguez, Mirko Buchín y Graciela Castellanos, bajo la dirección de Miguel Cardella.
Era por entonces un bello patio ubicado en la parte trasera de la casona adquirida por la AEC para ampliar sus instalaciones.
Aún se conserva la magnífica reja que daba acceso a los espectadores para ver y disfrutar la obra seleccionada y premiada en el Primer Certamen Anual de Estímulo y Difusión, por Canal 3, la emisora de TV, cuando aún sus estudios funcionaban en dependencias del Instituto de Tráfico del Ferrocarril Mitre, antes Central Argentino, que allí había inaugurado la Sala Scala donde hubo conciertos, cine, teatro y hasta un salón de baile y que, con el tiempo, dio lugar y espacio a la emblemática Escuela Municipal de Museología, cofundada entre otros, por el doctor Jorge Tomasini Freyre, y a la Sala Mateo Booz, en San Lorenzo 2243, que tanto aportan al patrimonio de la ciudad.
Reivindicando aquella sana costumbre nacida hace más de dos mil años en Atenas para enriquecer el espíritu y entronizar la cultura, el sindicato de los mercantiles sumó a las conquistas gremiales, calidad de vida para sus asociados, con la instalación de la sala de teatro que luego, en 1982, se reinauguró con la construcción cerrada y de excelencia, con comodidad para 200 espectadores, tal y cómo la conocemos en la actualidad, dirigida por Cristian Molina.
Un año atrás tuvimos oportunidad de dialogar con el protagonista de aquella maravillosa experiencia teatral que inauguró el Teatro Patio, Mirko Rafael Buchín. Tal como él quería, la muerte lo sorprendió vivo, y hoy es un placer evocar al gran maestro de teatro, autor, director, actor, docente, cinéfilo y figura imprescindible de la cultura.
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Tras cursar Filosofía y Letras, Buchin se graduó como Profesor Nacional de Teatro en la Escuela Nacional de Arte Dramático y fue convocado por prestigiosas instituciones académicas de Córdoba y Buenos Aires.
En Rosario fue docente del Estudio de Comedias Musicales del Teatro El Círculo, y profesor en la Escuela de Música de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, donde también ofreció cursos, talleres y conferencias durante décadas, a través tanto de la universidad como del Fondo Nacional de las Artes.
Una de sus novelas se convirtió, en 1986, en la película protagonizada por Ana María Picchio y Víctor Laplace, “Chechechela, una chica de barrio”, en la que también actuaron Tina Serrano, Ana María Giunta, Juan Manuel Tenuta y la rosarina María Fiorentino, como parte del elenco.
Incursionó también en la cinematografía y dirigió y actuó en innumerables puestas teatrales.
Fundador de Caras y Caretas, dirigió también el Grupo de Teatro Universitario, y montó óperas en todo el país, incluso en el Teatro Colón de Buenos Aires.
El Concejo lo designó ciudadano distinguido dela cultura.
En Buenos Aires, la calle Corrientes nace en Puerto Madero y termina en Chacarita, y sus 70 cuadras atraviesan los barrios de Balvanera, Almagro y Villa Crespo.
Entre Esmeralda y avenida Callao, concentra librerías, teatros, pizzerías y bares, y sobrevuela sobre en esa zona la bohemia de los años de oro del tango, con sus luminosas marquesinas.
Acá, en Rosario, la calle Corrientes también tuvo y tiene una fantástica historia que alguna vez involucró a miles y miles de personas cuando los trenes de la Estación Rosario Central estaban activos -¡llegaron a circular cien por día!- y desembuchaban de sus andenes viajeros de todo el país, comisionistas, estudiantes de los pueblos cercanos, turistas.
Hoy, el Distrito Centro es “la parada final” de un recorrido que tiene mil paisajes diferentes.
Sólo nos faltaría producir fainá, tan popular en Buenos Aires, para emular el sonido de la Banda de Blues que marcó toda una época, Memphis, La Blusera.
Pero volvamos un momento a 1967 junto al Grupo Rosario. El programa de mano mostraba a Chiry Rodríguez, que en Rosario fue director de la Escuela de Teatro de la Universidad Popular que auspiciaba y sostenía la Biblioteca Vigil; Mirko Buchín, como profesor de la Universidad Popular de Rosario dependiente del Departamento de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional del Litoral, y Graciela Castellanos que había comenzado su carrera artística diez años antes en el Círculo de Lectores del Profesorado.
Con producción y escenografía de Celso Garrido, la banda sonora de Jorge Pretti, las diapositivas de Raúl “Bambi” García, las luces a cargo de Hugo Riom, y actuando como maquinistas Juan y Mario Cruz, el documento agradece al Departamento de Extensión Universitaria de la UNR, la Asociación Cristiana de Jóvenes, el Coro Estable de Rosario, Alfredo Muñoz y especialmente, “al apoyo de la Asociación Empleados de Comercio, que ha hecho posible la presentación del espectáculo en temporada, en Rosario”.
Dedican, con cariño, todo el espectáculo a Mafalda, la inolvidable creación de Quino, y narra un texto que, como verdad universal, mantiene su vigencia y les queremos compartir:
Sin comprender exactamente lo que pasa a su alrededor, sin posibilidades de comunicación con sus símiles, los seres humanos se acorazan y pierden su sensibilidad. La música y las palabras se transforman en “jingles” y la Tierra es un gran “supermercado” con pensamientos y emociones enlatados con sabor a paté de foie.
Otros calculan de antemano nuestras reacciones, otros piensan y resuelven por nosotros. El resultado es una progresiva atrofia, una lenta y alarmante parálisis de la imaginación y los sentidos. Los sociólogos y los psicólogos han diagnosticado que el pitecántropo atómico astronáutico está enfermo. El nombre del mal corre por la letra de molde y se ha hecho popular: alienación.
Por supuesto que los primeros en darse cuenta de esto han sido los artistas, y así lo han denunciado en su obra. Músicos, pintores, poetas, dramaturgos han gritado hasta la afonía todo esto que decimos, pero nuestro hombre parece estar blindado y vacunado contra las alarmas. Hay quien piensa que los museos de artes visuales, las salas de conciertos, los libros y los teatros serios no son frecuentados por el hombre medio, de ahí que hayan elegido la música pegadiza y las largas melenas para lanzar su atronador Ye-ye!
Por eso pienso –sentencia Chiry Rodríguez– que escogiendo tiras cómicas como las de Jules Feiffer, sketchs de cabarets europeos y satirizando a los cantores melódicos que derraman su literatura enmielada sobre los ya atrofiados oídos que no se detienen a comprender los textos, se conseguirá tal vez, entre “gag” y “gag”, aportar algo para el entendimiento.
De ahí que comencemos por el título. Si el rótulo de los que piensan por nosotros afirma que los sapos son feos, y por eso la gente no mira a los sapos, porque “sabe” que son feos, nosotros decimos: “hay sapos que no son tan feos”.
Puede que entonces, la gente mire los sapos y decida por sí.
Escrito, visionariamente, casi 60 años atrás. La Providencia hizo lo suyo y antes de terminar la nota, recibimos un video que intenta explicar cómo la industria musical fabricó una generación sin criterio, al olvidarse del silencio creativo y la escucha activa. Para pensarlo, ¿verdad?

