En diciembre de 2023, cuando tenía una carrera consolidada como modelo, Manuela Lori sufrió un accidente cerebrovascular que le cambió la vida. Las complicaciones que tuvo que afrontar, y con las que sigue luchando, fueron muchas. Pero la vecina de San Fernando no se rinde y continúa dando pelea contra las secuelas del ACV y las discriminaciones.
“En el último año fui a todos los castings que pude y no quedé en ninguno. No me eligen”, dijo, resumiendo cómo es hoy su vida. A los 34 años, y después de haber vivido quince dedicándose al modelaje, ese mundo de flashes, campañas gráficas y avisos publicitarios se convirtió en un terreno hostil. Todo, por las secuelas físicas que le quedaron.
Manuela había arrancado como modelo apenas terminó la secundaria. Y no era una modelo de pasarela tradicional. “Para hacer alta moda tenías que medir 1,75 metros y yo mido 1,70”, explicó.
Sin embargo, tenía algo que las agencias comerciales valoraban: una cara expresiva y capacidad de actuación. “Empecé a hacer publicidades para gráfica de vía pública y televisión y me fue súper bien”, contó Manuela, quien entre otras cosas hizo varios comerciales de una reconocida gaseosa cola.
El momento en que todo cambió para la modelo
Con el tiempo, empezó a pensar en el futuro. Sabía que el modelaje no es una carrera eterna y decidió anticiparse. “Me anoté en la carrera de Psicología en la UBA mientras seguía trabajando. Durante años combiné los castings con los apuntes. Era una forma de construir un plan B, aunque en ese momento no imaginaba cuán necesario sería”, explicó en diálogo con Infobae.

Manuela se recibió en agosto de 2023. Cuatro meses después, el 3 de diciembre, el ACV llegó sin aviso, cuando había iniciado una etapa importante en su vida: convivía con su novio en Nordelta. No hubo síntomas previos, ni señales de alerta.
Estaba en su casa, acostada, cuando de repente sintió un mareo fuerte, visión borrosa y un dolor de cabeza insoportable, como un golpe seco. En cuestión de segundos, dejó de sentir el brazo izquierdo y perdió parte de la visión.
Su pareja, que estaba con ella, entendió que algo grave pasaba. “Me empezó a preguntar cosas para ver si yo estaba orientada en tiempo y espacio”, recordó. Pero la asistencia médica no fue inmediata. “La ambulancia tardó como dos horas”, contó. Y después hubo más demoras. “Nos dijeron que teníamos que llamar a la ambulancia de la prepaga y tuvimos que esperar una hora más”, detalló.
Finalmente, fue trasladada al Sanatorio Otamendi, del centro porteño, donde lograron diagnosticarla. Y la causa fue inesperada: “Me dijeron que tenía una malformación congénita en el cerebro. Imaginate un ovillo de lana de venas y arterias enredadas. Eso estuvo ahí desde siempre, sin manifestarse. Hasta que un día explotó y causó una hemorragia”.
Las secuelas que le quedaron
A partir de ese momento, comenzó un proceso médico complejo. “Estuve dos semanas en terapia intensiva y después en total fueron cuatro meses internada”, contó. Manuela pasó por cuatro cirugías porque la malformación estaba en una zona profunda del cerebro.

“El objetivo principal fue salvarme la vida, y lo cumplieron. Pero quedaba el desafío de minimizar las secuelas”, contó. Y lo que vendría sería el contraste entre lo que ella creía que le pasaba y la realidad. Mientras estaba internada, pensaba que pronto volvería a su vida normal. “Quería irme a, pasar las fiestas en mi casa y retomar mi rutina. No entendía, todavía, que nada sería igual”, admitió.
Las secuelas aparecieron con fuerza cuando empezó la rehabilitación en el Instituto FLENI de Escobar. “La mitad izquierda de mi cuerpo estaba paralizado. No podía mover el brazo ni la pierna. No tenía estabilidad. No podía caminar sola. Durante semanas dependí completamente de otros para hacer tareas básicas como pararme para ir al baño, ducharme o comer”, remarcó.
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Su pareja, que estaba con ella, entendió que algo grave pasaba. “Me empezó a preguntar cosas para ver si yo estaba orientada en tiempo y espacio”, recordó. Pero la asistencia médica no fue inmediata. “La ambulancia tardó como dos horas”, contó. Y después hubo más demoras. “Nos dijeron que teníamos que llamar a la ambulancia de la prepaga y tuvimos que esperar una hora más”, detalló.
El bastón, que le indicaron usar, se convirtió en un símbolo que rechazaba. Tenía 30 años y no quería verse así. Lo dejó de lado rápidamente, incluso antes de estar preparada. “Me avergonzaba que me vieran caminar con un bastón siendo tan joven, no quería que me tuvieran lástima”, contó.
“Caminar bien me llevó un año”
El proceso de recuperación fue exigente y los avances muy lentos: “Empezar a caminar bien me llevó un año. Y aunque hoy puedo caminar sola todavía necesito usar un dispositivo para evitar que se me tuerza el tobillo y quede bien firme”.
El brazo izquierdo todavía no puede usarlo con normalidad: “No puedo escribir, ni agarrar objetos pequeños. La motricidad fina es lo más difícil de recuperar, y los médicos no pueden asegurarme si volverá completamente. Para alguien como yo, que era zurda, esto implicó reaprender todo con la mano derecha”.
A eso se suma otra secuela invisible pero determinante: la pérdida del 50% del campo visual. “Me quedó ciega la mitad izquierda de cada ojo”, detalló. Es decir, no ve hacia el lado izquierdo en ninguno de los dos ojos, lo que afecta directamente su campo visual. Y es uno de los motivos por los que no puede manejar: “Aunque físicamente podría adaptarme a un auto automático, la falta de campo visual me limita”.
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En todo el tiempo lo que la empujó fue la decisión de volver a ser modelo. Después de un año de recuperación intensa, sintió que estaba lista para volver al modelaje. Pero el regreso no fue como lo imaginaba.
“En este mundo, el cuerpo es observado en detalle. Las manos, la postura, la forma de caminar. Todo cuenta. Y en mi caso quedo muy expuesta”, admitió. De hecho, su forma de caminar, aunque mejorada, no es idéntica a la de antes.
La importante decisión de mudarse sola a San Fernando
“En más de una ocasión, incluso, me sugirieron ocultar lo que me había pasado. Decir que fue una caída, un accidente menor. Y yo, con tal de trabajar, llegué a aceptar esa idea. Pero ni siquiera así conseguí el trabajo”, recordó.
A pesar de eso, no se rinde. Sigue yendo a castings. Sigue intentando. Pero también entendió que necesita construir otros caminos. Hoy trabaja como psicóloga, atiende pacientes y continúa formándose con un posgrado.
En lo personal, también hubo cambios profundos. Se separó de su pareja poco después del alta. “No quería ser una carga para él. Sentía que él me había elegido en una situación distinta, antes del ACV, y que ahora la relación podía transformarse en algo sostenido por obligación o por lástima. Yo pasé a ser discapacitada”, resumió.
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Es por eso que tomó una decisión que mezcla amor, miedo y una fuerte necesidad de no depender: “No quería que estuviera conmigo por obligación. Tampoco quería ser una carga para mi familia así que me mudé sola a San Fernando, donde viven mi papá y mis hermanos”.
Por último, se mostró con esperanza de volver a hacer lo que le gusta: “Quiero terminar de rehabilitarme para volver a modelar como antes. Estoy convencida que si uno se lo propone lo puede lograr”.

