Quienes integran la Asociación Amigos del Riel tendrán muchísima y más pormenorizada información al respecto. Es justo y necesario escuchar a Carlos Alberto Fernández Priotti, Rolando Maggi, Mariano Antenore, Ramón de las Navas, Agustín Ciampi y tantos otros apasionados por el ferrocarril cuando se refieren a las huellas económicas, culturales y sociales que dejaron los miles y miles de kilómetros de tendido férreo a lo largo y ancho de todo el país, convirtiendo a la Argentina en una auténtica potencia hasta que se pronunció, en la década de los 90, aquella fatídica y bochornosa frase de mal augurio, fatal y tristemente cumplida: “ramal que para, ramal que cierra”.
Ciento sesenta y tres años atrás, otra era la historia. A pesar de ser apenas un puñado de vecinos -recordemos que cuando Rosario es declarada Ciudad apenas contábamos con alrededor de 3.000 almas-, ya se sabía que el ferrocarril traería progreso y desarrollo.
¡Y ni que hablar del puerto con sus condiciones naturales tan beneficiadas por la Naturaleza!
En 1854 la Confederación contrató al norteamericano Alan Campbell para que desarrollara los estudios que permitieran elaborar los bocetos y lineamientos sobre el inminente ramal ferroviario que comunicaría dos provincias. Una placa de mármol colocada sobre calle Santa Fe, frente a la plaza 25 de Mayo, recuerda el hecho señalando que esos planos se trazaron en el mismo solar donde vivió Eudoro Carrasco, nació Gabriel Carrasco, habitó el rosista Santa Coloma, estuvo Sarmiento como boletinero del Ejército Grande de Urquiza y hasta, con el tiempo, José Arijón construyó su monumental Palacio, lastimosamente demolido en 1982 para dar paso al progreso.
José de Buschenal, el financista, magnate, diplomático y habilísimo comerciante, yerno del Barón de Sorocaba, que supo hacerse amigo de Urquiza y logró convertirse en su asesor financiero ofreciéndole solicitar un préstamo a Thomas Baring (cualquier parecido con la Baring Brothers & Co. que originó nuestra fenomenal deuda externa, no es mera coincidencia) de “seis millones de dólares, a un interés del 6%, a pagar con los derechos de Aduana de Rosario”, también había sido convocado para llevar a cargo la empresa del tendido ferroviario.
Finalmente, fue Guillermo Wheelwright el empresario constructor de los ferrocarriles que se quedó con “la frutilla del postre” y se ganó hasta el nombre de una bella localidad y una avenida en Rosario, muy cerca de la casa en la que vivió y que originó la creación del rojinegro Coloso del Parque, cuando se la vendió a Isaac Newells y Anne Margharite Jockinsen para que crearan el Colegio Anglo Argentino donde hoy está el ex Nacional Nº 2.
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¿Qué tiene que ver el título mencionándolo a Bartolomé Mitre en todo esto? En el capítulo de ayer lo adelantábamos, al cumplirse 163 años de su llegada al Rosario para “dejar inaugurados los trabajos del tendido del Ferrocarril Central Argentino, cuando toda la población estaba en vilo y exultante alegría!
Al día siguiente de la llegada al Rosario de quien siete años después fundaría el diario La Nación, vale decir, un día como hoy, muy cerquita de donde se encontraba el segundo cementerio que vino a cumplir las necesidades del abigarrado camposanto ubicado al lado de la iglesia (hoy Catedral) construida por el arquitecto norteamericano Timoteo Guillón -quien acaso se llamaría Timothy Williamson- se improvisó un pequeño anfiteatro, para hacer el acto oficial con un presidente nacional afecto a la obra pública.
Mitre, que tal vez amarrara el barco que lo trajo a él y a sus ministros, en un muelle parecido al que grafica nuestra magnífica portada, tomó el pico que le alcanzó Wheelwright, para dar algunos golpes sobre la línea demarcada como fundacional y tal vez también, dio una primer palada de tierra dando por inaugurado el incipiente e imprescindible Ferrocarril.
Como en Rosario Sin Secretos nos nutrimos del pasado, hoy venimos a recordar aquel día en que Mitre “agarró el pico y la pala” y efectuó un acto simbólico para dar por iniciadas las obras del novedoso sistema que venía a revolucionar el transporte de personas y cargas, mejorando la producción del país, acercando paisajes, desarrollando pueblos y creando un alto número de fuentes de trabajo hasta convertir incluso al gremio que los nucleaba, en uno de los más poderosos del país. Y aquí, en Rosario, con Sanatorio, Mutual y Banco (Banquito como se lo conocía en los tiempos de Emilio Carradori, también dirigente del querido club, también “hijo del ferrocarril”, Central Córdoba) propios.

