Los presidentes y representantes de las Conferencias Episcopales de América concluyeron su reunión bienal en Tampa, Florida, con un mensaje claro y contundente: “Ningún migrante es extranjero para la Iglesia”. El encuentro, que se extendió hasta el jueves 19 de febrero, tuvo como eje fortalecer la comunión eclesial y articular respuestas comunes ante los desafíos sociales y pastorales que atraviesa el continente.
En una declaración conjunta, los obispos afirmaron que “en cada persona que abandona su patria en busca de seguridad, oportunidades o dignidad reconocemos a un hermano, a una hermana; reconocemos el rostro mismo de Cristo en camino”. De este modo, pusieron en el centro del debate la situación de millones de migrantes que atraviesan situaciones de vulnerabilidad en América.
Participaron del encuentro las presidencias de la Conferencia de Obispos de los Estados Unidos, la Conferencia de Obispos Católicos de Canadá y el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño, en continuidad con una tradición de diálogo episcopal iniciada en 1959 y que hoy se proyecta bajo el horizonte de la sinodalidad.
El arzobispo de Porto Alegre y presidente del CELAM, cardenal Jaime Spengler, destacó el valor del espacio compartido, al señalar que el encuentro permitió “rezar juntos y reflexionar sobre temas que conciernen a la realidad de nuestras Iglesias”.
Entre los principales temas abordados figuró la inmigración, considerada por los prelados como un asunto “decisivo”, junto con el proceso de sinodalidad impulsado por el Papa Francisco. Asimismo, expresaron preocupación por la creciente polarización social y política en el continente, subrayando que la misión de la Iglesia es construir comunión y unidad.
Por su parte, monseñor Pierre Goudreault, presidente de la CCCB, valoró el carácter sinodal del encuentro, mientras que monseñor Paul Stagg Coakley, presidente de la USCCB, lo describió como una oportunidad inédita para fortalecer la fraternidad episcopal y el aprendizaje mutuo.
Por último, los obispos manifestaron su decisión de profundizar la cooperación pastoral en todo el continente. Además, remarcaron que la movilidad humana no puede reducirse a una cuestión política o económica, sino que constituye una realidad profundamente humana que interpela la conciencia cristiana y la responsabilidad ética de las naciones.

