Gabriel Batistuta es sinónimo de gol. En la Selección Argentina, en la Fiorentina, en la Roma y en Boca Juniors, las camisetas que lo vieron en un impactante esplendor goleador. Hubo un punto en el que su vida cambió para siempre: a mediados de 1990 le puso punto final a su austero paso por River Plate, pese a haber ganado un título, y saltó al eterno rival, en el inicio de camino que lo catapultó al estrellato.
Hasta el siglo pasado y principios del actual, a la Selección llegaban futbolistas que se vinculaban con alguno de nuestros clubes. La situación ha cambiado y se ha vuelto común ver vestidos de albiceleste a jugadores sin relación con equipos locales. Es probable que esta tendencia se profundice, debido a que los talentos de exportación comienzan a irse a edad cada vez más temprana.

Gabriel Omar Batistuta también se marchó joven, pero ya había hecho un recorrido por una de las instituciones más importantes del Interior y las dos más grandes del país. Su mayor identificación fue con dos rivales de este domingo 1° de febrero, justo el día de su cumpleaños número 57: Newell’s Old Boys, su cuna deportiva, y Boca, el lugar donde se produjo su explosión goleadora. ¿Por quién hinchará en la tercera fecha del Torneo Apertura?
La “traición” de Batistuta a Newell´s
Aunque el profesionalismo de estos tiempos haya desteñido la pasión por los colores, en el fútbol todavía se habla de traiciones. Sucedió cuando Julio Buffarini, Mauro Zárate, Sergio Romero y, esta misma semana, Santiago Ascacíbar -muy identificados con San Lorenzo, Vélez, Racing y Estudiantes, respectivamente- eligieron continuar sus carreras en Boca.
Tres décadas y media antes, algunos consideraron a Batistuta un ingrato (había más cuidado por las palabras y, por supuesto, mucha menos repercusión) por rechazar una propuesta de Newell’s, donde se había formado al amparo del maestro Jorge Bernardo Griffa, para aceptar el ofrecimiento de Boca, entonces dirigido por Carlos Daniel Aimar.
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Los rosarinos, bajo la exigente conducción táctica de un joven Marcelo Bielsa y la rigurosa preparación física de Jorge Castelli, procuraban armar un plantel con sentido de pertenencia y muchos valores surgidos de su rica cantera. Batistuta, quien había sido dejado de lado en River por Daniel Passarella, respondía a la premisa de esa búsqueda.
Sin embargo, Boca confió en el muchacho de disparos potentes, de pelos largos y rubios, y lo sumó en 1990. Si bien los comienzos generaron dudas, el arranque de 1991 marcó el despegue de uno de los delanteros más relevantes de la historia contemporánea.
La explosión de Bati en un Boca imparable
Los Xeneizes acumulaban un decenio sin títulos en torneos domésticos, desde aquel Metropolitano de 1981 ganado con Diego Maradona y Miguel Brindisi como máximas figuras. Para el inicio de 1991, la dirigencia encabezada por Antonio Alegre y Carlos Heller innovó con la contratación de un director técnico extranjero: Oscar Washington Tabárez.

El uruguayo, que acreditaba una Libertadores con Peñarol en 1987 y una experiencia mundialista con la Celeste en 1990, impuso disciplina en el grupo, armó un tridente letal en ataque (Diego Latorre-Alfredo Graciani- Bati) y se ganó pronto a la gente con una sucesión de triunfos en los clásicos de verano.
Para mejor, Boca tenía de rival en la Copa (viejo formato) a River y los dos cruces terminaron con festejo azul y oro: un épico 4-3 en la Bombonera, tras irse 3-1 en desventaja al cierre del primer tiempo, y un 2-0 en el Monumental con doblete de Bati, hasta hoy el último éxito xeneize en esa cancha por torneos internacionales.

Los boquenses ya veteranos lamentan todavía que la coincidencia de la Copa América con las finales del certamen local los privara en la instancia decisiva de Batistuta y Latorre, además del referente Blas Giunta, todos convocados por Alfio Basile para la cita continental en Santiago de Chile.
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Newell´s venció a Boca por penales al cabo de 210 minutos infartantes y se consagró campeón el 9 de julio de 1991. Bati lo vio desde el otro lado de la Cordillera, pero no se quedó con ganas de dar una vuelta olímpica. Argentina, con media docena de goles suyos, levantó el trofeo y él empezó a escalar hasta convertirse en máximo artillero de la Selección. Después vino Leo Messi, como para que arriba siguiera flameando una bandera de colores rojo y negro.

