Bien característico de su genio y signo zodiacal, Aries, no tenía demasiados amigos pero sí, sin dudas, muchos admiradores. No faltaron los conocidos, envidiosos al extremo, a los que irritaba profundamente esa manera tan particular que tuvo siempre de, sin ser historiador académico, compartir los conocimientos que iba adquiriendo con sus investigaciones.
Porque a la gente no se la puede dividir en buena o mala. A veces, según las circunstancias que nos toque vivir, podemos ser tanto uno como lo otro. Pero sí se puede hacer una división taxativa entre egoístas y generosos. Y Wladimir Mikilievich fue una persona generosa.
Desde el mismo día que siendo muy joven fue premiado por un trabajo de investigación sobre el periodismo en la Revolución Argentina, reconocimiento que le fuera otorgado por el Círculo de la Prensa de Montevideo, Uruguay, en nuestro Teatro Colón -esa colosal obra arquitectónica que engalanaba la esquina de Corrientes y Urquiza, dolorosamente demolido-, empezó a disfrutar con compartir lo que hacía.
Graduado en el Colegio Superior de Comercio, tuvo oportunidad de ingresar en el área de Estadística del Distrito Militar y ya, cien años atrás, en 1925, desarrollaba el periodismo en el Diario fundado por Eudoro Carrasco y Ovidio Lagos, La Capital, y también colaboraba con la revista Labor, de la Ciudad de las Diagonales fundada por Dardo Rocha, La Plata.
Por esas causalidades de la vida, con el tiempo, la calle La Plata, de Rosario, pasó a llamarse Ovidio Lagos, y en esa arteria, casi en su intersección con Córdoba, existió un cinematógrafo muy particular que tuvo tres nombres diferentes: Edison, La Plata y Gardel.
El Cine fue para Wladimir otro de sus amores. ¡Tuvimos tantos al mismo tiempo en Rosario que, además de ser Cuna del cine en Sudamérica, fuimos Capital de la Industria Cinematográfica! Acá, en nuestra ciudad, se hacían la mayoría de los insumos que todas las salas del país solicitaban para su desarrollo y mantenimiento.
No es de extrañar que dirigiera artísticamente la revista “Cinema para todos”, donde desarrolló un espacio creativo y cautivador: “El Rosario que usted no conoce”.
Fundador y director de los semanarios “Gráfico” y “Renovación”, cuando tenía 31 años entró a trabajar en la Municipalidad y se hizo cargo del Departamento de Demografía de la Dirección General de Estadística, alcanzando a jubilarse en el cargo de director general.
Allí fue casi como un niño ¡en un bazar de juguetes! Toda la data a mano para trabajar y organizar con precisión la estadística demográfica urbana.
¿Cuántos de nosotros sabíamos que fue el responsable, en 1957, de reorganizar la Junta Municipal de Nomenclatura (hoy a cargo del Concejo), y le dio a la ciudad más de 300 nombres a calles que no los tenían?
Su pasión por la Villa del Rosario del Pago de los Arroyos lo llevó a España, en 1961, para investigar nada menos que en el Archivo de Indias de Sevilla nuestros orígenes y fue un pionero al considerar al padre adoptivo de Catalina Echevarría, el español Pedro Tuella y Montpesar, el primer historiógrafo de la ciudad.
Otra de sus fuentes permanentemente consultadas fueron los anales de Eudoro Carrasco y su hijo Gabriel, y salvó de que fueran arrojados a la basura, miles de expedientes municipales y documentación oficial en los que estaba escrita la historia viva de la ciudad.
Hoy algunos podrían haberlo tildado de “acumulador compulsivo” o endilgarle el “Síndrome de Diógenes” como enfermedad, pero la cuestión es que si durante años y años, él no hubiera recopilado diarios, libros, revistas, programas, fotos, documentación de toda índole, eso se hubiera perdido para siempre en la historia de los tiempos, causando un verdadero “patrimonicidio” telúrico.
Luego de su muerte, 20 años duró prácticamente el litigio judicial que tuvo que iniciar la Municipalidad para recuperar tanto material valioso de gente que se lo había apropiado aduciendo una familiaridad poco probable. Un porcentaje importante logró rescatarse y fueron a incrementar el patrimonio del ámbito propiciado desde siempre por él, el Museo de la Ciudad, pero muchos de los materiales que Mikilievich tenía fueron vendidos a alto precio a coleccionistas internacionales por su altísimo valor, algunos, de unicidad.
Sin embargo, por no tener título, sufrió la denostación de varios historiadores académicos.
Cascarrabias como pocos y con un carácter especial que lo convertía en único, no trepidó en escribir un gran titular en el diario en el que trabajaba para denunciar una mentira con la palabra “¡Bolazo!”. Esta anécdota la conocemos por alguien que fue su contemporáneo y lo conoció bien de cerca, el entrañable doctor Jorge Tomasini Freyre, el mismo que tiene en su ADN, sangre de Cosme Maciel, el abanderado de Belgrano, y del mismísimo Luis Lamas.
Creador, desde su domicilio de calle 1º de Mayo, de la Revista Historia de Rosario, Mikilievich fue el promotor más entusiasta de la Sociedad de Historia de Rosario.
En el diario “La Tribuna” publicaba la columna “Crónica Centenaria de Rosario” y en el diario “Rosario”, “Estampas del viejo Rosario” y “Emoción del Pasado Inolvidable”, con dibujos que él mismo logradamente hacía.
¡Qué bueno sería que en este Tricentenario y Año Santo, se pudiera poner en valor ese borrador de 54 tomos del “Diccionario de Rosario” que no llegó a editarse (así como se hizo con el del doctor Juan Álvarez, que fue su eterno contrincante) para placer y conocimiento de los miles de lectores que amamos nuestra historia rosarina!
Algunos años atrás, al celebrarse un nuevo aniversario de la creación del Teatro Olimpo, quien esto escribe se preguntó: “¿Qué tiene el Olimpo?” y se respondió “El Olimpo tiene los dioses”. Y así nació un homenaje a este gran hacedor de la cultura de Rosario: una Muestra Fotográfica Itinerante, Creciente, Real y Virtual de los Dioses del Olimpo, inaugurándola en el mismo solar de Mitre 534, donde alguna vez se reunía lo más granado de la sociedad rosarina.ç
Allí mismo, durante las primeras décadas del siglo pasado, en este teatro maravilloso que tenía confitería propia y en el que nacieron, luego de entusiastas reuniones, varias instituciones de la ciudad, nació la muestra auspiciada por el Distrito Centro de la ciudad, bajo la dirección, entonces, de la expeditiva Ayelén Tania Baracat, y continuada luego por las otras administraciones.
Así, un Día de la Mujer, se le rindió homenaje a maestras célebres: Juana Elena Blanca, Dolores Dabat, las “teachers” que trajo Sarmiento, las hermanas Olga y Leticia Cossettini y Anne Margaret Jockinsen de Newells. Y otro año, en la Plaza López, a Alfonsina Storni y a Virginia Bolten. También se realizó una muestra fotográfica durante la puesta en marcha del Paseo de la Salud, por avenida Francia (anteriormente Timbués) desde Urquiza a Jujuy, incluyendo al entrañable doctor Esteban Laureano Maradona.
En nuestra portada, y gracias a la gentileza de Eduardo Quintilli, del Museo de la Ciudad, el retrato del imprescindible Wladimir Mikilievich, nacido en 1904, realizado por el fotógrafo Alberto Gentilcore para la revista Vasto Mundo del 15 de junio de 1998.

