Poca gente del ámbito deportivo imaginaba que Carlos Monzón podía noquear a Nino Benvenuti, la noche del 7 de noviembre de 1970, en el Palazzo dello Sport romano. Entre la escasa legión de creyentes, además del propio santafesino, estaban Amílcar Oreste Brusa, su legendario entrenador; Juan Carlos Lectoure, hábil promotor y dueño del Luna Park, y un hombre que gustaba del boxeo, aunque había desarrollado su carrera en otra actividad: Juan Carlos Lorenzo, uno de los más famosos entrenadores de la historia del fútbol argentino.
Amigo de Tito Lectoure, Lorenzo se encontraba en la capital italiana al momento del combate pues era director técnico de la Societá Sportiva Lazio. El DT consiguió los servicios de un médico para que infiltrara a Monzón, quien padecía de una lesión crónica en los nudillos, antes de la pelea por el título mundial de los medianos. El episodio está narrado en la miniserie que retrata la gloria y el ocaso del púgil más importante de nuestro país.
Juan Carlos Lorenzo, un símbolo de Boca
Juan Carlos Lorenzo llegó al club de la Ribera procedente de Chacarita Juniors, en 1945, como reemplazante de Severino Varela, el uruguayo de la boina blanca. Al Toto le bastaron poco más de dos años para conocer ese universo singular que hoy se conoce como Mundo Boca, para empaparse de su idiosincrasia y para comprender el espíritu de su gente.
Entreala según la terminología de época, metió 11 goles con la camiseta de azul y oro. Nueve fueron en partidos oficiales, un dato coherente con su discurso: el hombre siempre aumentaba la exigencia cuando se trataba de compromisos por los puntos, cuando los triunfos valían de verdad.
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Tres décadas después, al volver a la institución para asumir como director técnico, llevó al extremo su prédica a favor del resultado y la ilustró con frases memorables. Una, entre tantas, cuando se le reclamaba mayor lucimiento: “Si quieren chiches, vayan a la juguetería”.
La gesta de Carlos Monzón contra Nino Benvenuti
Aunque no era de los más taquilleros para el público, debido a su estilo especulador arriba del cuadrilátero, Monzón construyó una imagen de boxeador serio, peligroso, durante la segunda mitad de la década del 60. Los buenos oficios de Lectoure sirvieron para que tuviera una chance mundialista ante el italiano Giovanni Benvenuti, quien se había consagrado campeón en 1967 tras vencer por puntos, en el Madison Square Garden de Nueva York, al estadounidense Emile Griffith.

El enfrentamiento se pactó para el sábado 7/11/1970 en Roma. Benvenuti se aseguraba la localía y el eventual beneficio de las tarjetas en un duelo parejo, tal cual ha sido norma desde que el boxeo fue reglamentado. Como todo cruce con un cinturón en juego, se trataba de una batalla a 15 rounds: un desafío mayúsculo para Monzón, ya un muchacho de experiencia, con 28 años, pero desacostumbrado a los trámites largos.
Había adicionalmente otro condicionante para el argentino. Brusa y Lectoure sabían que Monzón sufría dolores intensos en los nudillos de ambos puños cuando pegaba mucho. Ese era uno de los motivos para que regulara tanto el castigo, sobre todo cuando establecía superioridades nítidas sobre su rival.
El recientemente fallecido Ernesto Cherquis Bialo, periodista que cubrió la mayoría de los acontecimientos importantes del boxeo nacional entre los años 70 y 80, contó con detalle la previa del primero de los dos choques ante Benvenuti. Aclaró algunos aspectos descriptos con imprecisión en la biopic televisiva de Monzón y desmintió otros, como una supuesta mala relación con su colega y contemporáneo Nicolino Locche.

Cherquis escribió que el médico italiano de la Lazio se rehusó a un favor pedido por Lorenzo. Cuando vio las deformadas manos de Monzón, quien de chico había padecido de raquitismo, el doctor se fue espantado del hotel Sporting, construido en inmediaciones de la Villa Borghese para los Juegos Olímpicos de 1960.
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Lejos de desanimarse por esa negativa, Lorenzo y su asistente personal Mario Bolognesi consiguieron en el Albergo Imperiale de la Vía Véneto a dos médicos argentinos que estaban de paseo por Roma. Compraron jeringas, una bolsa de algodón, una botella de alcohol puro y una ampolla con novocaína, una sustancia que aliviaba el dolor y garantizaba que Monzón resistiera los 15 asaltos de una noche inolvidable para el boxeo argentino.

