Miguel Ángel Russo fue un enamorado del fútbol, un luchador tenaz en todas las situaciones, una referencia como futbolista primero y como entrenador después. En vísperas del primer aniversario de su muerte y del cruce de ida de Estudiantes con Flamengo, por las semifinales de la Libertadores, viene a la memoria el recuerdo de aquella increíble remontada pincha ante Gremio de Porto Alegre en la Copa de 1983. Perdían 3-1 los platenses y estaban con cuatro jugadores menos. Fue un épico 3-3 sobre la hora con un zapatazo del hombre de la sonrisa eterna.
El Estudiantes bicampeón 1982/1983
Contra la oscura leyenda del antifútbol, los alfileres y las trampas más diversas, el Estudiantes de principios de la década del 80 fue un equipo de alto vuelo. Un entonces joven Carlos Salvador Bilardo se animó a poblar la mitad del campo con volantes exquisitos, sutiles, de pie fino.
El mendocino José Daniel Ponce, el santafesino Marcelo Antonio Trobbiani y el bonaerense Alejando Javier Sabella tenían capacidad de sobra para tener y administrar el balón. Antes, por supuesto, había que conseguirlo y esa era la principal responsabilidad de Miguel Ángel, el único de los cuatro que se había formado en la cantera de City Bell.
Con esa usina de generación y recuperación, Estudiantes logró dos títulos de manera consecutiva: el Metropolitano de 1982 y el Nacional del año siguiente. La primera de las consagraciones permitió el retorno de los platenses a la Copa Libertadores, una competencia que habían dominado a fines de los 70.
Épica pincharrata en la Copa Libertadores de 1983
Estudiantes logró clasificarse a la segunda fase del torneo continental tras adjudicarse una zona muy reñida, en la que aventajó a dos fuertes chilenos, Cobreloa y Colo Colo, y al Ferro de Carlos Timoteo Griguol. En la siguiente etapa, con formato de triangular que le otorgaba boleto a la final al primero, le tocó enfrentar a Gremio y América de Cali.

El viernes 8 de julio, en la vieja cancha de tablones de 1 y 57, Estudiantes recibió al tricolor brasileño. Se trataba de un choque decisivo: los visitantes, que acumulaban cuatro puntos en tres presentaciones, podían asegurar su clasificación con una victoria. El Pincha tenía dos unidades y necesitaba sumar para seguir con chances.
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Se notaba el clima copero en las tribunas llenas. Desde una de las laterales cayó un monedazo que hirió al línea uruguayo Ramón Barreto. El hecho tal vez condicionó a su compatriota Luis Da Rosa, quien se mostró muy riguroso desde el comienzo con los locales.
A los 37 minutos, luego de una trifulca con varios protagonistas, sacó dos rojas, pero no una por lado, como suele suceder en estos casos, sino ambas a jugadores de Estudiantes: Ponce y Trobbiani, casualmente (o no) dos de los mejores. Pese a la desventaja, Sergio Gurrieri adelantó al equipo dirigido por Eduardo Luján Manera.
Los de Porto Alegre absorbieron el impacto y, con goles de Osvaldo, César y Renato, sacaron una diferencia de 3-1 que parecía decisiva. Mucho más cuando Estudiantes, desencajado por la eliminación inminente y los fallos adversos, sufrió otras dos expulsiones (Julián Camino y Hugo Téves).
Faltaba menos de un cuarto de hora, un lapso insuficiente hasta para imaginar alguna proeza. Y sin embargo, con la fe de los perseverantes, el León rugió como nunca y, siete contra 11, logró un empate milagroso. Nuevamente Gurrieri a los 78 y Russo, volcado en el área contraria, a los 87 concretaron la utopía.

«Es uno de los hechos imborrables en mi carrera futbolística. Fue una hazaña. Renato era bravo. Lo volví a enfrentar con la Selección», recordó quien fuera DT de Boca, Racing, San Lorenzo, Estudiantes y Central, entre otros. Fue el único gol que convirtió en 13 partidos jugados en la Copa Libertadores.
No le alcanzó a Estudiantes esa remontada. Igualó 0-0 en Colombia y no pudo llegar a la instancia decisiva. Gremio, vencedor de Peñarol con un 3-2 global, se dio el gusto de levantar su primera Copa de América.
El legado de Miguel Ángel Russo
Russo estuvo conectado con su gran pasión hasta el último día de vida. Su fallecimiento, a los 69 años y con más de medio siglo vinculado al fútbol profesional, sacudió al ambiente, al margen de la previsibilidad del fatal desenlace, y sirvió para revalorizar una campaña llena de grandes conquistas.
Como DT, además de la Copa Libertadores con Boca, la cosecha de Miguel incluyó ascensos con Lanús, Estudiantes y Central; un Clausura con Vélez Sarsfield; un Torneo Finalización con Millonarios de Bogotá; una Superliga de atropellada en su regreso al Xeneize en 2020, la Copa Maradona y una Copa de Liga con el Canalla.
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En Argentina, Chile, España, México, Colombia, Perú, Paraguay y Arabia Saudita supo adaptarse a contextos y tiempos diversos, como aquella fría noche en la capital de la provincia.

