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    Rosario Sin Secretos: “Marc-adamente” diferente, un pionero que hizo historia

    abril 8, 2026
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    Nada mejor que ir a las fuentes cuando se quiere rescatar historias de personas, personajes y personalidades que enriquecieron nuestro presente con un maravilloso legado en el pasado.
    Horas de apasionante conversación con el doctor Jorge Tomasini Freyre, protagonista directo y quien vio y vivió, desde sus jóvenes 20 años, un sinfín de prolegómenos que tejieron la historia que supo legarnos aquella personalidad fascinante que se llamó Julio Marc, nos permiten hacer esta semblanza – homenaje en el 142º aniversario de su nacimiento.
    Tomasini Freyre, reconocido abogado, escritor e investigador rosarino, tuvo la inmensa fortuna de haber estado con dos popes del patrimonio cultural de la ciudad como fueron Julio Marc y Wladimir Mikielievich, con quienes trabajó “codo a codo”, en el rescate de la memoria no sólo local, sino hispano americana, y hasta disfrutó del privilegio de conocer de cerca e interactuar con el sacerdote jesuita e historiador Guillermo Furlong Cardiff, el hijo de inmigrantes irlandeses que se dedicaban al campo en la zona de Pueblo Aguirre, hoy Arroyo Seco.
    Hoy, con verdadera y necesaria justicia, el Museo Histórico Provincial lleva el nombre de “Julio Marc”, y el Museo Municipal de la Ciudad, recibió el de “Wladimir Mikielievich”.
    La revista de la Junta de Historia de Rosario ha recogido muchas de las valiosas investigaciones e imperdibles “grageas” de color de Tomasini Freyre que también visten la historia académica.

    Presidente del Instituto Belgraniano de Rosario, trabaja en la actualidad para fortalecer la razón fundamental que nos hizo “Cuna de la Bandera” y que una corriente histórica se empecina en desconocer. Pero este será tema de un próximo Rosario Sin Secretos.
    Ahora la cuestión gira en torno a aquel graduado en Jurisprudencia y Diplomacia, el doctor Marc, que -en una mezcla de autoridad y buen humor- le dijo a Martín Freyre, su vecino, apenas cruzando la calle en Urquiza al 1700, que “si no acercaba a su nieto al museo, se encargaría él mismo de llevarlo de los pelos”.
    No necesitó eso. A Tomasini Freyre le bastó con conocer un poco la personalidad de Marc para decidirse a seguirlo de cerca, tan de cerca, que llegó a llamarlo, “el tío Julio”.
    Por eso supo de primera mano la relación que tuvo Marc con su secretario en el Museo por él creado, el ingeniero y arquitecto Ángel Francisco Guido. El mismo que construyó la magnífica obra -primera en el país dedicada a museo- allí donde era la Quinta de Tiscornia, convertida por Luis Lamas en parte integrante del actual Parque de la Independencia, y que luce en el frente original de la primera etapa las tres magníficas esculturas del italiano Troiano Troiani, “América India”, “América Colonial” y “Historia Patria”, introduciendo los conceptos de Amerindia de Ricardo Rojas, en esa fusión original de indigenismo e hispanidad.

    Este museo “craneado” desde siempre por un “coleccionista” profesional, Julio Marc, que dedicó su vida a recopilar, comprar, juntar, aportar de su propio pecunio la mayoría de las piezas, recibir en donación de distinguidas familias de la elite rosarina valiosas colecciones privadas -consignando debidamente sus nombres para que pasen a la posteridad-, no nació de la noche a la mañana.
    Cuando las celebraciones exultaban a la ciudad en pleno, desde los más encumbrados funcionarios hasta la mayoría de sus fuerzas vivas, con motivo de cumplirse el centenario de la Revolución de Mayo, con todo lo que de entusiasmo patriótico ello implicaba, se proyectó una gran biblioteca y un museo. La primera tuvo su concreción con la que se convirtió en la Biblioteca Argentina, hoy “Juan Álvarez”, pero lo del museo se diluyó.
    Para ese entonces, 1910, Marc, después de haber trabajado en los tribunales provinciales, había ingresado como secretario de la Cámara Federal de Apelaciones, cumpliendo también cargos de vocal y hasta de presidente.
    Atrás habían quedado sus años de estudiante en el Colegio Nacional Nº 1, su carrera universitaria en Buenos Aires y, a su regreso, las clases de filosofía y de geografía dictadas en el establecimiento de 9 de Julio 80 o de historia en la Escuela Superior de Comercio.
    A ninguno de sus contemporáneos sorprendió que haya formado parte del grupo impulsor de la Facultad de Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas de la Universidad Nacional del Litoral, llegando a ser su vicedecano, y donde también fue profesor de Política Comercial y Régimen Aduanero Comparado.
    Ya había quedado francamente demostrado su inclaudicable amor por la filatelia, la numismática y la heráldica, así que desde joven se dedicó a coleccionar monedas que figuraban entre las de mayor valor del mundo.
    Esas mismas monedas que pasaron a ser luego, junto a muchísimas de sus valiosas pertenencias, patrimonio de la ciudad, al inaugurarse en 1939 el Museo Histórico por el que tanto bregó y en el que fue director hasta su muerte, en 1965.
    Por eso no melló su entusiasmo que la idea del museo no se concretara en 1910, año en que sí empezó a cumplirse el sueño liderado por Cornelio Casablanca para la realización del Hospital “Del Centenario” y su escuela de medicina.

    Cuando llegó el año del Bicentenario de la “Fundación” de Rosario, 1925, se volvió a “tirar la casa por la ventana”. Y de hecho esto se cumplimentó con importantes obras como legado.
    El propio intendente Manuel Pignetto convocó a la Junta Ejecutiva Pro Festejos del Segundo Centenario de la Fundación de Rosario y allí, Calixto Lassaga, Antonio Cafferata y Ángel Ortiz Grognet, pusieron proa al proyecto de un complejo museográfico, en el que se mancomunaran la ciencia y el arte.
    Una recopilación hecha por Oscar Luis Ensinck del intercambio epistolario entre la Junta, la intendencia y la gobernación de Ricardo Aldao, da cuenta del fragor de las negociaciones para obtener el lugar en el que emplazar un local para el museo municipal de bellas artes; otro para el museo zoológico, étnico, arqueológico y colonial histórico; uno más para actos públicos y conferencias con bibliotecas artísticas y científicas incluidas, y más aún: locales auxiliares necesarios, talleres, dependencias administrativas, y… ¡sigue al dorso!
    ¡Sin dudas que no se andaban con chiquitas en esto de celebrar la historia y dejar obras para la posteridad! ¡Qué pro hombres aquellos!
    Lo mejor fue que todo tuvo respuesta satisfactoria. La Municipalidad aportaba el solar ya elegido en el Parque de la Independencia, que no era precisamente para un fast food, y la provincia disponía de los recursos pecuniarios para ponerlo en marcha.
    El gran Museo Histórico, Artístico y Científico, ¡ya era un hecho!
    Pero volvieron a pasar cosas… Y todo quedó en la nada en 1925 con respecto a este sueño.
    Fue recién en 1936 cuando el interventor federal de la provincia de Santa Fe, doctor Carlos Bruschman, firmó el decreto 479 a pedido del secretario de Instrucción Pública y Fomento, Ricardo Foster, el momento en el que Julio Marc empezó a acariciar “su” Museo, en el que debían convivir las ciencias naturales, la etnografía y la historia. La Comisión Honoraria la conformaban, junto a Marc, entre otros, el propio Ángel Guido, el factótum del icónico Monumento Nacional a la Bandera, junto al arquitecto Alejandro Bustillo, y los escultores José Fioravanti, Alfredo Bigatti y Eduardo Barnes.
    ¿Cómo se conformó la colección fundante de aquel museo? Pues con todo lo que había juntado Julio Marc de manera personal; las donaciones privadas de prominentes familias de la ascendiente burguesía rosarina que querían contribuir a la memoria pública, hispana y católica, con sus monedas, mobiliario, pintura colonial y gauchesca; más las piezas arqueológicas chaco santiagueñas compradas a los descendientes de un diplomático francés, los hermanos Duncan Ladislao y Emilio Roger Wagner.
    Volvieron a pasar cosas… Pero bien dice el saber popular, que encierra todo el saber: el éxito es ir de fracaso en fracaso, ¡sin perder el entusiasmo!
    Fue el gobernador Manuel María de Iriondo, “Manucho” para Marc, el que le dio el empujón final, y el 8 de julio de 1939, en la obra proyectada por Guido, el representante del gobierno provincial, Juan Mantovani, pronunciaría las siguientes palabras en el discurso inaugural:
    “Es importante para el hombre joven conocer el pasado. […] uno de los ejes mayores de la formación humana es el estudio de la historia. Es una de las humanidades más influyentes en la vida juvenil. Muestra los valores específicos del hombre a través de su actividad en el curso del tiempo; da el sentido de la continuidad del esfuerzo humano; entabla contacto con diversas formas e instituciones de la sociedad, aviva el entusiasmo por acontecimientos de trascendencia y la admiración por los grandes hombres. […] El adolescente necesita del saber histórico para reconocer en él los valores que alientan su vida”.
    Ya Rosario empezaba a dejar de ser solamente la ciudad “fenicia” en la que sólo importaba su comercio y los negocios que permitían el desarrollo de grandes fortunas, tal la fama prosaica que había cosechado la “Chicago argentina”.
    El Museo Histórico recorría, con su propia presencia, los caminos de la historia argentina, dándole un lugar especial y destacado a los pro hombres de la Patria, tan sanmartiniano, belgraniano y browniano como era su propio mentor.
    Adquisiciones, donaciones y préstamos no devueltos fueron a completar ese acervo, por una causa más noble y mayor, “en bien de las generaciones futuras”.
    Se sumaron también planos, facsímiles, grabados, litografías, documentos que completaron riquísimos archivos y un reservorio bibliográfico sin precedentes. La consigna de Marc era hacerse de todo bien disperso en oficinas públicas o en ámbitos privados para que fueran entregados a un lugar que pueda “contar la historia de los hombres que se deben a la Nación”.
    Hubo un tiempo en el que las buenas acciones solían emularse vivamente. Así, hombres y mujeres pertenecientes a las más aristocráticas familias empezaron a actuar como mecenas, organizando en 1950 la Asociación Amigos del Museo Histórico de Rosario, una red social de contención y protección, que fue engrandeciendo el patrimonio cultural para todos los rosarinos, con esfuerzo, tiempo y paciencia, los mismos insoslayables principios de aquel soñador, taxidermista para más datos, que supo tener en su estancia heredada, La Florida, en Cañada de Gómez, un museo paralelo que emulaba el inefable de Ciencias Naturales “Ángel Gallardo”, ámbito que también conoció el doctor Tomasini Freyre, varias veces invitado por su “tío” Julio, a visitarlo.
    Marc, además de ser miembro del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades, del Instituto Argentino de Monumentos y de Cultura Histórica, del Instituto Argentino de Derecho Internacional, de la Sociedad Argentina de Antropología y del Instituto de Derecho de Gentes, lo fue de la Academia Nacional de Historia, mismo ámbito al que perteneció el doctor Miguel Ángel De Marco, a quien cariñosamente en la redacción del diario La Capital lo llamábamos “El Patón”, distinguido investigador, docente, periodista y académico que naciera en el año en el que se inauguró el Museo Histórico y falleciera justo el día en el que se cumplía el 142 aniversario del nacimiento de su creador.
    Premio Konex en Historia 2014, autor de 48 libros, Gran Cruz del Mérito Naval del Reino de España, Mención de Honor “General San Martín” del Senado en 2018, entre otras importantes distinciones y reconocimientos, De Marco declaró en una entrevista realizada por el diario La Nación para el que hacía medulosas colaboraciones: “El periodismo me enseñó el estilo, la rapidez, aprender a darle al mensaje una forma aceptable para que lo pueda leer el que tiene una gran preparación y también el lector común al que le gusta la historia”.
    Aquí, en “su salsa”, tecleando sustanciosos editoriales en su fiel compañera Remington, en el Decano de la Prensa Argentina, para presentar ante el Jefe de Redacción Salvador Enrique Coscarelli, periodista de fuste y abuelo de una reconocida comunicadora social de nuestros medios, Carolina Coscarelli.

    Al unísono sonaban también -parece como si las estuviéramos oyendo- máquinas de escribir Lexicon y Olivetti, al menos hasta que llegaron las inmensas IBM que procesaban luego todo el material en la sección Fotocomposición, a cargo del inefable ingeniero Hiraldo, y con tipiadoras que trabajaban “en frío”, coordinadas por su jefe de sección, el meticuloso José Maninno.
     

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