El corazón tiene razones que la razón no entiende, escribió hace siglos Blas Pascal para referirse a la dicotomía entre el sentimiento y la racionalidad, la ciencia y la fe, el intelecto y el espíritu, lo que pensamos con lo que sentimos.
Sin dudas que algo de eso deben haber experimentado quienes decidieron, en 1926, revivir por aire la epopeya vivida en el mar, desde Puerto de Palos de la Frontera, Andalucía, en 1492, por Cristóbal Colón y unir, en una travesía aérea, las dos orillas del mundo hispano.
La alocución latina Plus Ultra significa, en español, “más allá”, y fue adoptada como lema por el emperador Carlos I, incorporándola incluso en las columnas de Hércules del escudo de armas ibérico, como simbología de valor, superación y espíritu de lucha.
Ese “plus ultra” es el que nos anima a seguir adelante para conseguir nuestros objetivos, como afirma aquella frase tan lograda, escrita en la lona de un camión que anda por la ciudad sembrando conciencia visual de trabajo, voluntad y realizaciones, y que alguna vez pronunció el poeta, abogado, escritor y político venezolano Andrés Eloy Blanco.
Andrés Blanco, además -y seguro que este dato los sorprenderá tanto como a quien esto escribe cuando lo descubrió-, fue el creador de la letra de un famosísimo bolero popularizado por Pedro Infante, Altemar Dutra, Antonio Machín, Javier Solís, Los Pasteles Verdes, Raphael, Lola Flores, Roberta Flack y hasta Leo Mattioli: “Angelitos Negros”.
Este tema musical fue también un suceso, en su versión completa y ritmo de joropo, durante los ‘70, en la voz de Los Olimareños, el mismo conjunto que actuó en Rosario, el 17 de diciembre de 2010, ¡más de 15 años ya!, durante la inauguración del Museo de la Memoria, edificio antes ocupado por una cafetería multinacional, luego que allí funcionara el Segundo Cuerpo de Ejército, en la misma casa que el trebolense y genial arquitecto Ermete de Lorenzo, construyera para sus padres, en la esquina sudoeste de Moreno y Córdoba.
Elegimos para obsequiar a nuestros lectores la versión de la explosiva Lola Flores, justamente en reconocimiento a la proeza española protagonizada por estos ases del aire un siglo atrás.
El mundo todo vivió y vibró, con el vuelo del Plus Ultra, un acontecimiento electrizante del que Rosario no estuvo ausente. Fue desbordante la alegría, la sorpresa y la admiración de funcionarios y público que tuvieron la oportunidad de vivir la llegada a la ciudad de sus protagonistas -entre la locura y la genialidad hay una delgada línea que dibuja y desdibuja realidades, cada cual con su propia mirada, aunque el tiempo luego, implacable y justo, se encargue de mostrar la esencia de la verdad-.
Alma mater de este deslumbrante proyecto aeronáutico fue el comandante Ramón Franco, hermano de quien llegara a ser el “generalísimo” Francisco Franco, junto a su amigo, el capitán Julio Ruiz de Alda, como copiloto navegante, y el experimentado mecánico Pablo Rada Ustarroz que se encargó de “customizar” el hidroavión dándole mucho más potencia a sus motores y adaptando los depósitos para obtener mayor reserva de combustible, ya que la nave no debía tocar tierra sino acuatizar en escalas previstas en distintos continentes.
En los preparativos del viaje hubo un periodista cántabro, de verdadero fuste, Emilio Herrero Mazorra, quien se subió como polizón para cubrir el inigualable acontecimiento hasta que fue descubierto y bajado del hidroavión antes de emprender la fabulosa aventura. Herrero Mazorra, corresponsal de United Press para París, se había comprometido también con el diario La Prensa de Buenos Aires para reflejar, lo más cercanamente posible, la espectacular decisión de la fuerza aeronáutica militar española, pero debió idear otra estrategia.
En la escala realizada en Brasil se sumó a la tripulación el cuarto integrante, teniente de navío de la Marina ibérica, Juan Manuel Durán. El vuelo no estuvo exento de peligros… Los osados tripulantes, cual “tres mosqueteros” (que en realidad eran cuatro), con la consigna “uno para todos y todos para uno”, demostraron “volando” a las nuevas generaciones que hacer lo imposible, sólo cuesta… ¡un poco más!
El progreso siempre está al alcance de la mano y a él se puede acceder con decisión, trabajo en equipo y firme voluntad, más la imprescindible ayuda de la fe.
Quien cree, ¡crea!, y crece, en consecuencia y por añadidura.
El raid de aquel primer vuelo de la historia con una única nave, marcó un hito en la Humanidad y sentó las bases del futuro. Alguna vez se le llamó “La Cuarta Caravela”, y tuvo su correlato en Rosario, ciudad acostumbrada desde sus orígenes a franquear sus propios límites.
Luego de arribar a Buenos Aires, los intrépidos aviadores visitaron Mar del Plata, Rosario, Córdoba, donde fueron pomposamente recibidos por enfervorecidas multitudes y agasajados por autoridades en los más emblemáticos lugares.
Aquí, por ejemplo, recorrieron los más elegantes ámbitos de la sociedad, se les ofreció un muy bien servido banquete y quienes en ese momento disponían de la concesión del Jockey Club, los Poggi, habían preparado para la ocasión una torta con la forma del Plus Ultra.
Fotos, telegramas y mensajes arribados allende los mares, habían permitido esta otra dulce hazaña que nació en el Rosario, y que hoy podemos admirar en lo alto de una pared del cálido refugio de la tercera generación de pasteleros, en Corrientes al 500, en un pintorequísimo comercio con nombre ¡de mujer!
En nuestra portada, podemos admirar al talentosísimo pastelero italiano Enrique Poggi, y su obra maestra de la gastronomía, que permitía mostrar algo que no tuvo comparación alguna con ninguna otra manifestación de admiración hacia los valientes tripulantes del hidroavión.
Más aún, cada uno de los postres que acompañaba la fabulosa torta, llevaba inscrito, prolija y primorosamente, el nombre de cada una de las ciudades en las que hicieron escala en la insuperable y brillante travesía.
Estos exploradores del aire, a quienes les debemos el nacimiento de los vuelos transatlánticos, lo hicieron posible por propio imperio de la determinación y el propósito, e incluso el comandante Ramón Franco llevaba consigo una cámara para grabar y sacar fotos desde el aire, dejando para la posteridad, un material de registro de valor incalculable y a su regreso a España escribió el libro “De Palos al Plata”, publicado por la tradicional editorial Espasa-Calpe.
Hasta “El Zorzal Criollo”, Carlitos Gardel, fue furor con el tango “La Gloria del Águila”, grabado en Barcelona, con letra de Enrique Nieto de Molina y música de Martín Monserrat Guillemat.
Salvando el tiempo y las distancias, integrantes del Instituto Belgraniano de Rosario lograron, pese a las condiciones climáticas adversas, honrar -en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora-, las figuras de cuatro féminas vinculadas con el general Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano: Gregoria Ignacia Pérez Larramendi, María Catalina Echevarría, Dolores Candelaria Mora y María Antonia de Paz y Figueroa, sí, la mismísima Mama Antula, la primera mujer argentina beatificada y canonizada Santa de la historia, que recibió a Belgrano en ocho profundos retiros espirituales en la Casa de Independencia 1190, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) que aún se mantiene en pie, desde 1794.
A propósito de C.A.B.A., desde esta Columna formulamos fervientes votos para que a ningún “brillante creativo” se le ocurra la idea de empezar a llamarnos C.A.R. (Ciudad Autónoma de Rosario), y que sigamos siendo la Rosario de Santa Fe, ciudad y provincia a la que tantas veces mutilaron su nombre, tan afecto una parte del mundo en simplificar y desdibujar la historia.
Con adhesión y presencia de importantes representantes de instituciones y organizaciones comprometidas con la región, se formó una especie de ágora en la “25 de Mayo”, la antigua plaza de armas (llamada Mayor en el diario de marcha del entonces coronel, cuyo original “duerme el sueño de los justos” en el Museo Internacional de la Democracia, temporalmente cerrado), solar al que arribó Belgrano con tropas, milicianos y pertrechos, celebrado por un puñado de paisanos y mujeres que conformaban nuestra aldea, aquel 7 de Febrero de 1812, antes de cruzarse a la capilla de adobe y paja, germen original de la majestuosa Catedral Metropolitana que hoy alberga, en el Camarín de la Virgen del subsuelo, la misma imagen que el creador de la Bandera vio aquel día con sus propios ojos.
Allí, en el moderno ágora frente al Palacio Municipal, la Catedral, el Correo, el Consulado de España, el Museo “Firma Mayor y Odilo Estevez”, emulando el corazón de la antigua Grecia cuando hace más de 2.000 años en Atenas se concentraba toda la actividad comercial, política y social, donde nació la democracia y se construyó el primer “shopping” del mundo, se departió sobre interesantes temas que preocupan y ocupan a representantes de distintas instituciones, fundamentalmente acerca del respeto humano, la convivencia y la paz.
Sucedió mientras esperaban dar comienzo al recorrido organizado por el IBR en el Casco Histórico. Se visitó el pasaje Gregoria Pérez de Denis, la primer Dama Benemérita de la Patria que legó todos sus bienes a Belgrano para ser utilizados por el Ejército a su cargo en la campaña al Paraguay; el Paseo María Catalina Echevarría de Vidal (gracias, Pedro, por habilitarnos la entrada y abrir la reja), las estatuas de Lola Mora en la zona circundante al pasaje Juramento y el ñandubay plantado en memoria y honor de Mama Antula, recordando aquel ejemplar incorruptible que permitió su identificación. ¿Cuándo? ¡Y todavía hay quienes dudan de la intercesión de la Divina Providencia! En el 57º aniversario de la Revolución de Mayo: ¡el 25 de Mayo de 1867!
Sin dudas, aquel acontecimiento podría haber sido nota de tapa en el Decano de la Prensa Argentina, fundado por Ovidio Lagos y Eudoro Carrasco, el autor del Escudo de Rosario, el 15 de noviembre, ¿de qué año?, ¡1867!
Y para mayor sorpresa, en el mismo año en el que se cumplió el centenario de la expulsión de la Orden de los Jesuitas que Mama Antula defendió y profesó, como laica consagrada, para evitar su desaparición, con práctica continua de los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, su carisma y obra inspiradora.
Un dato más para los buceadores de la historia y amantes de las casualidades o causalidades: la primer Santa Argentina Mujer nació en 1730, exactamente el año en el que se solicitó al Cabildo Eclesiástico de los Buenos Ayres, la creación del Curato del Rosario del Pago de los Arroyos, ergo, el origen real y espiritual de la ciudad que habitamos y nos habita.
Y a pesar de haber fallecido el 7 de marzo de 1799, fecha en que la grey católica la recuerda especialmente, fue el día 8 -en coincidencia con la fecha internacional para conmemorar a la Mujer Trabajadora- cuando recibió sepultura, en “misera exequia”, tal como definían los romanos el entierro, sin ataúd, de una persona en la pobreza. Fue sepultada en el solar de la Iglesia de Nuestra Señora de la Piedad del Monte Calvario, a la que llegó a refugiarse, tras ser burlada y apedreada a su arribo a la ciudad rioplatense por su deplorable aspecto, luego de haber recorrido a pie, descalza o con humildes sandalias, miles de kilómetros de caminos reales y senderos polvorientos, entre perdidas aldeas, desde Santiago del Estero, y pasando por Jujuy, Salta, Tucumán, La Rioja, Catamarca y Córdoba.
Como diría Pancho Ibáñez, “todo tiene que ver con todo”.
El Plus Ultra salió de Puerto de Palos, en su apoteóica aventura, el 22 de enero de 1926, justo 158 años después del nacimiento de uno de los mejores amigos de Manuel Belgrano, y hermano de María Catalina, a quien le cupo el honor de coser la primera Bandera de la Patria, el doctor Vicente Anastasio Echevarría.
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El rey Alfonso XIII de España donaría finalmente el aeroplano al gobierno argentino. Sería usado por diez años para transportar correo y, en 1936, la Armada Argentina lo entrega al actual Museo del Transporte del Complejo Museográfico Provincial “Enrique Udaondo”, en la localidad de Luján. Allí se construyó un pabellón especial para alojarlo y mantener la memoria de la proeza viva hasta la actualidad.
En ese mismo museo -siguen los mensajes de la historia para las mentes atentas- se exhibe el óleo original de Rafael del Villar: “Retrato del Gral. Belgrano, jurando la Bandera Nacional en las Barrancas del río Paraná, en 1812” que, a inspiración de una dama belgraniana que cumplió cien años el año pasado, Gladys Urquiza, pudo ser replicada en la pared ubicada frente al pasaje Gregoria Pérez, imagen suplantada en la actualidad con otra pintura hiperrealista e impactante del rostro del prócer que nadie puede dejar de ver al visitar el Altar de la Patria.
Por su parte, el gobierno argentino, por suscripción popular, encomendó al escultor autodidacta, carpintero y ebanista Agustín Riganelli, la confección de la imponente figura “El Ícaro de la Rábida”, para obsequiarla a Puerto de Palos, donde se yergue, triunfal y heroica, en esplendoroso bronce, sobre una base arquitectónica diseñada por José Rodríguez.
El porteño Riganelli fue contemporáneo y amigo de Emilia Bertolé, otra trebolense como Ermete de Lorenzi, con gran actuación en la vida artística de la época, al igual que de los escultores Alfredo Bigatti y José Fioravanti, autores de muchas de las esculturas del Monumento a la Bandera.
En acción de gracias por las mujeres en su día -todos nacimos de una-, como homenaje a su propio valor y a los valores humanos, bajo el amparo de María, la del Rosario, que nos dio su nombre hace más de 300 años, protegiendo desde el principio de los tiempos la espiritualidad del pueblo, y para orar por la Paz Mundial, el párroco Osvaldo Macerola presidió -coronando la intensa jornada- la celebración de un multitudinario y conmovedor oficio en la Iglesia Matriz, Catedral Metropolitana, Basílica y Santuario dedicada a Nuestra Señora del Santísimo Rosario.

