El gran referente del revival del blues de los 60, John Hammond Jr, falleció a los 83 años. El músico construyó una identidad propia, con su voz áspera y reflexiva, sólo en escena, junto a su guitarra acústica, y la armónica sujeta al cuello.
John Hammond Jr mantuvo vivo el cancionero del Delta durante décadas, y tendió puentes entre los pioneros y nuevas generaciones. Fue hijo del legendario cazatalentos de Columbia Records, John Hammond Sr. Su educación sentimental, más que doméstica, fue musical: descubrió la guitarra en la secundaria y quedó fascinado con la técnica del slide.
Su discografía, que abarca desde 1968 hasta 2014, totaliza una cantidad de 24 álbumes. Con apenas 20 años ya era considerado un número artístico importante e incluso había sido entrevistado por The New York Times.
Algunos críticos lo describieron como un “Robert Johnson blanco”, lo que ilustra su intensidad interpretativa. Hammond, con su presencia sobria devolvía a la vida canciones de los años treinta, cuarenta y cincuenta. Sin embargo, también supo liderar formaciones eléctricas con solvencia y energía.
A lo largo de los años sesenta y setenta grabó y tocó con músicos como Robbie Robertson, Duane Allman, Dr. John, Charlie Musselwhite, Michael Bloomfield y David Bromberg, ampliando su paleta sonora sin abandonar la raíz.
Hammond nunca se presentó como compositor. Su misión fue otra: custodiar y revitalizar el cancionero clásico del blues. Con cada interpretación, invitaba al público a retroceder en el tiempo y descubrir a los autores originales. Esa tarea —más curatorial que autoral, pero no menos creativa— le valió el respeto de colegas y críticos.
Estuvo dos veces en la Argentina. La primera se presento como telonero del legendario Albert Collins en el Teatro Gran Rex, en los noventa, y la segunda fue con show propio en en el ND Ateneo en 2005.
Radicado en el norte de Nueva Jersey, continuó girando por Estados Unidos, Canadá y Europa hasta avanzada edad. En escena, ya fuera solo o con banda, conservaba la intensidad de sus comienzos. Su muerte cierra un capítulo esencial del blues moderno: el de un intérprete que entendió que la tradición no es un museo, sino un fuego que se mantiene encendido al pasarlo de mano en mano.

