Uno de los máximos ídolos del fútbol argentino que jugó para el Club Atlético Independiente, de Avellaneda, en las décadas del 30 y del 40, era rosarino.
Exactamente el 15 de enero de 1918, hace exactamente hoy 108 años, llegó al mundo en pleno barrio obrero y ferroviario de La Tablada, este joven que fue varias veces tapa de las revistas más importantes del deporte y que arrancó siendo delantero de un querido club de la ciudad, Central Córdoba.
Este flaquito elegante, con bigotitos a lo Clark Gable, que se hizo a pura prepotencia de potreros, siguiendo los pasos de otro grande, Gabino Sosa, hizo vibrar muchos estadios con sus fintas, amagues y gambetas, que desorientaban a sus adversarios y dejaban boquiabiertos a propios y extraños.
Los cánticos que acompañaban a los apasionados hinchas de los diablos rojos cada vez que iban a las canchas se hacían escuchar, nítidos, por todas las calles que llegaban hasta los estadios: “Adónde va la gente?, ¡a ver a Don Vicente!”.
Junto a Antonio Sastre y Arsenio Erico, el “Gallego” de la Mata conformó uno de los tridentes ofensivos más famosos del mundo, la delantera más legendaria del trabajo en equipo, mucho antes que hubieran nacido los talentosos Diego Armando Maradona y Lionel Messi.
Sólo tenía 19 años cuando fue convocado en la Selección Nacional para la Copa América de 1937. ¿Cómo terminó esa patriada? Argentina y Brasil estaban igualando en puntos obtenidos para conseguir el primer puesto que coronaría el triunfo del campeonato. Había que jugar el alargue…
En un partido electrizante que no estuvo exento de peleas, puñetazos y patadas, y que hasta obligó a retirarse del Gasómetro al mismísimo ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Saavedra Lamas, ¿quién, con sus dos espectaculares goles le dio el triunfo a la Argentina? El rosarino Vicente De la Mata.
El mismo que “hizo capote”, en esas y en cientos de oportunidades cuando tuvo el dominio de la pelota. Y que a partir de allí empezó a ser conocido con el apelativo de Capote.
Leproso de cuna, durante los últimos años de su carrera deportiva, defendió los colores de Newell’s Old Boys. Y en 1953 fue director técnico de los Charrúas -siempre se vuelve al primer amor- donde también formó parte de la Comisión Directiva de la institución.
Disputó 385 partidos en el fútbol argentino y 153 goles salieron de sus mágicas gambetas.
Un crack, una leyenda rosarina que aún palpita en fotos y cuadros en un bar céntrico de la ciudad ubicado justo frente a lo que es hoy sólo un recuerdo, reemplazado por un “moderno” edificio, nuestro fabuloso y demolido, teatro Colón, allí en la esquina de Urquiza y Corrientes.
Quiso la Providencia, que este día 15 de enero, celebráramos dos cumpleaños más de los cuales, por razones ajenas a nuestra voluntad, no pudimos ocuparnos en plenitud, pero prometemos hacerlo en futuros capítulos de Rosario Sin Secretos, porque son parte entrañable de nuestra más hermosa historia autóctona.
Se trata del aniversario Nº 51 del queridísimo Club “Renato Cesarini” y del Argentino, aquel “Salaíto” que, por esas cosas que tienen las contradicciones de la vida, naciera allá por 1912, en el barrio Refinería, donde por décadas el azúcar marcó en Rosario un reinado para toda Sudamérica.

