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    Rosario Sin Secretos: la “previa” de Belgrano, antes de enarbolar Bandera

    febrero 13, 2025
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    Mucha agua ha pasado bajo el puente acerca del origen de los colores de nuestra Bandera, así como la disposición de sus franjas y hasta de su primera bendición. Mientras todo indica que Julián Navarro, el cura patriota de la capilla del Rosario del Pago de los Arroyos -todavía no éramos Ilustre y Fiel Villa (1823) y mucho menos declarada Ciudad (1852)- la bendijo el 27 de Febrero de 1812 a orillas del Paraná cuando flameó por primera vez orgullosa y valiente, hay quienes sostienen que fue jurada y bendecida en Jujuy y no en el Rosario.
    Al margen de las contradicciones de los historiadores, somos de la opinión que quien piense que Belgrano no la hizo bendecir y jurar en Rosario es porque no conoce en profundidad su devota personalidad mariana, pero eso será tema de otros debates.
    Hoy queremos recordar un día como hoy, 213 años atrás, cuando el coronel de 41 años Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, desde alguna carpa del campamento instalado en estas tierras, posiblemente junto a sus soldados en lo que hoy conocemos como Parque Urquiza, único lugar poblado de ceibas, escribió al Triunvirato de Chiclana, Sarratea y Paso:
    “Parece que es llegado el caso de que V.E. se sirva declarar la escarapela nacional que debemos usar para que no se equivoque con la de nuestros enemigos, y no haya ocasiones que puedan sernos de perjuicio; y como por otra parte observo que hay cuerpos del ejército que la llevan diferente, de modo que casi sea una señal de división, cuyas sombras, si es posible, deben alejarse, como V.E. sabe, me tomo la libertad de exigir a V.E. la declaratoria que antes expuse».
    Sin ser militar, tenía muy presente toda la formación que se necesitaba para cada acción y actuaba en consecuencia, pidiendo el permiso correspondiente que obtuvo, cinco días después, el 18, cuando desde Buenos Aires se la adopta oficialmente por decreto, ordenándose por circular que todo el ejército usara la flamante divisa:
    «El gobierno ha resuelto que se reconozca y se use por las tropas la Escarapela Nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que deberá componerse de dos colores, blanco y celeste, quedando abolida desde esta fecha la roja que antiguamente se distinguía».
    ¡Punto para la Patria!
    Pero hay un dato más. Como no existía la comunicación instantánea (ahora podemos comunicarnos con el otro lado del mundo en segundos), hubo de esperar cinco días para recibir la noticia de la aprobación. ¿Y qué descubrimos leyendo y releyendo informes, datos, diarios, revistas, libros y aplicando la lógica de la deducción?
    Que el 23 de Febrero fue el día que la estrenamos y lucimos por primera vez ¡acá en Rosario!

     
    ¡Otro motivo de orgullo que en cualquier lugar del mundo llenaría catálogos de interés histórico y turístico y acá todavía no hemos puesto en su debido valor!
    Aunque nos ha llegado información confiable que el domingo 23 de febrero habrá un evento especial, en el marco del Tricentenario del Rosario, para memorar el acontecimiento en la zona del bulevar más rosarino de todos los bulevares: 27 de Febrero, antes bulevar Rosarino. Ampliaremos.
    Mientras Belgrano pedía un símbolo que distinguiera a los independentistas indicando en los colores elegidos un fuerte compromiso de unión (blanco) y libertad (celeste), el cura párroco, entre salmo y salmo, leía las novedades de la Gazeta de los Buenos Ayres de Mariano Moreno, “desaparecido” un año antes en alta mar, víctima de un “cólico miserere” (así se describía hasta el siglo XVIII un cuadro abdominal agudo que llevaba a la muerte).
    “Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”, dicen que dijo con inocultable satisfacción Cornelio Saavedra al enterarse del asesinato de Moreno que viajaba a Londres con su hermano Manuel y su amigo Tomás Guido enviados especialmente para cerrar un acuerdo económico del que era “inconveniente” conocieran sus pormenores.
    Un fragmento del óleo de Julio Vanzo existente en el Museo Histórico “Julio Marc”, donación de Julio Enz y Mercedes B. de Enz, nos muestra, desde el arte, la mano crispada del Dr. Moreno
     
    El Capitán de la fragata inglesa Fama que los llevaba, Walter Bathurst, siempre fue hostil a los requerimientos de Moreno de desembarcar por sus dolores, hasta que en la madrugada del 4 de marzo le suministró una altísima dosis de antimonio tartarizado, semejante al arsénico, que terminó con su vida, arrojándose al océano su cadáver ¡envuelto en la bandera inglesa! ¡Hasta esa ignominia debió sufrir el apasionado periodista jacobino que tanto defendió la Patria!
    No sólo dejó a su enamoradísima esposa viuda (imperdibles las cartas testimoniales de María Guadalupe Cuenca) sino a un niño de apenas 7 años, y a una revolucionaria Gazeta sin su fogosa y esclarecedora pluma.
    Volvamos al 13 de febrero de 1812 en el Rosario. Hay mucha historia interesante para quienes quieran hurgar en el origen de los colores elegidos, desde los colores borbónicos, las cintas usadas por los Patricios, las damas que se presentaron ante el jefe del regimiento el 18 de mayo de 1810, las cintillas blancas de los chisperos del 22 y 23 de mayo, hasta los de la túnica y manto de la Virgen de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción.
    De todo hay testigos, documentos y testimonios. Pero lo que es indudable e indiscutible es que la escarapela, tal como la conocemos hoy, nació del pedido de Belgrano en el Rosario.
    Digamos que fue “a modo de previa” del maravilloso 27 de Febrero de 1812 cuando, a las 6 y media de la tarde de ese caluroso día, la emancipación bullía en su sangre. Sabía que debía hacer algo para levantar el espíritu a la tropa agobiada por la tensa espera; no dudó un segundo y, “siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola” la mandó hacer, blanca y celeste “conforme a los colores de la escarapela nacional”. (Rosarina, ¡y no por deporte!, aún cuando tenemos en la ciudad gloriosos abanderados en todas las disciplinas!)
    Que el secretario de Gobierno del Triunvirato, Bernardino de la Trinidad González de Rivadavia y Rodríguez de Rivadavia (largo nombre para alguien de muy baja estatura) le escribiera a Belgrano cuando se enteró lo ocurrido el 27 de febrero: «Haga pasar como un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente», da para otro capítulo. Por suerte, no existía el wsp y Belgrano ya marchaba con su ejército hacia Salta cuando esa orden llegó al Rosario.

     
    Muchas veces, al pasar por la Plaza 25 de Mayo, en pleno casco histórico, nos preguntamos ¿qué tienen que hacer juntos en el mismo grupo escultórico esculpido en mármol de Carrara por Alejandro Biggi, el escultor italiano que se encontraba en Rosario trabajando en el monumento a Garibaldi, e inaugurado el 9 de Julio de 1883 con la presencia de Julio Argentino Roca como presidente, Belgrano, Moreno, San Martín y ¡Rivadavia!?
    ¿Será casualidad que este monumento viniera a sustituir al de la Constitución de 1853, obra del arquitecto Demetrio Isola, inaugurado el 25 de Mayo de 1856?
    ¿Será casualidad que, como un símbolo, la imagen del Padre de la Patria se rompió en varios pedazos cayendo de las manos de los operarios municipales que la manipulaban cuando se realizó el emplazamiento del conjunto escultórico y se la pegó con yeso para poder hacer la inauguración, y que Biggi realizó otra en su reemplazo?
    Cuenta la leyenda que la primera de las estatuas fue remitida a la ciudad de San Lorenzo, con sus muy bien realizados parches, para ornar una plaza en la ciudad que fue testigo de la primera y única (algunos disienten sobre esto último) batalla que libró San Martín en nuestro suelo y donde vivió sus últimos días la querida Catalina Echevarría de Vidal, responsable de la confección de la primera Bandera de la que somos honrosa Cuna.

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